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Isaías nos dice, en la primera lectura, que cada vez que uno es generoso para con el necesitado, se convierte en un faro de luz por el cual Dios brilla. 

Continuando con la primera Carta a los Corintios, San Pablo explica que, nuestro poder no viene de nosotros mismos, sino del Señor que unge y comisiona a ser heraldos de su mensaje.

Continuando con el Sermón de la Montaña del Evangelio de San Mateo, Jesús indica que un verdadero cristiano tiene que dar alegría y gozo, sal de la tierra, y ejemplo para todo el que lo contemple, luz del mundo.

El Sermón de la Montaña del Evangelio de San Mateo, es el programa de vida que Jesucristo le presenta a todo aquél o aquella que quiera ser su discípulo. Este programa es verdaderamente exigente, porque es un programa que nos lleva a la santidad. Lo comenzamos a ver el pasado domingo con las Bienaventuranzas, y lo continuamos con la símil de la sal y de la luz. Jesucristo es claro: los cristianos tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo. Pero, ¿qué realmente quiere decirnos Jesucristo? La primera lectura nos da claves para contestar esta pregunta. 

Nos dice Isaías que, cuando un hombre o una mujer ayuda a los demás, poniendo el caso específico de darle alimento al que tiene hambre, uno se convierte en un faro de luz que ilumina a los que están a su alrededor. Uno se convierte entonces en un ser de luz, puesto que en su interior brilla la luz de Dios. Esto tiene una consecuencia. Nuestra vida cristiana no puede estar divorciada de lo que pasa ni de los que pasan, a nuestro alrededor. El verdadero cristiano está comprometido con sus hermanas y hermanos en sociedad. En nuestro Puerto Rico de antaño, pobre y humilde, no tenía tantos problemas de índole sicológico como los que tenemos ahora. Se debe en gran parte, a que los campesinos eran solidarios unos con los otros y se compartían lo poco que tenían. Esa enseñanza comenzaba en la casa, en donde los padres les enseñaban a sus hijos a compartir todo lo que tenían. Me acuerdo de ese slogan “éramos pobres, pero éramos felices”. La sociedad actual, al entronizar el egoísmo y el materialismo, lo que ha hecho es una sociedad que, materialmente está más rica que la de antaño, pero es al mismo tiempo más vacía, más infeliz. Pero, al amarnos, al compartirnos lo que tenemos, al ayudar al necesitado, tenemos más paz, más felicidad, más razones para celebrar. De ahí viene la expresión de “ser la sal” la felicidad de compartir.

En la semana pasado, cuando San Pablo enfrentaba las divisiones de Corinto, fue enfático al decir que el centro de la comunidad cristiana es Jesús, que el mensaje que se debe predicar es el del Evangelio, y que a quien tenemos que seguir es a Él.  En la lectura de hoy, San Pablo nos dice que todo líder cristiano tiene que presentarse pobre en términos materiales y mundanos, porque la verdadera riqueza y el verdadero liderazgo reside en el Evangelio, en el mensaje de Cristo, que une a una comunidad.

Padre Rafael Méndez Hernández (Padre Felo)

Para El Visitante

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