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El segundo libro de los Macabeos nos trae la historia de la madre y los siete hijos que prefirieron morir, antes que renegar de su fe, confiando que Dios los resucitará por su fidelidad.

En la segunda Carta a los Tesalonicenses, San Pablo encomienda a la pequeña comunidad cristiana de Tesalónica a Dios, confiando que Dios no la va a desamparar, sino que la va a fortalecer.

En el Evangelio de San Lucas, Jesucristo le batea el ejemplo que le presentan los saduceos, para dejar bien claro que los muertos resucitarán.

El tema de la Resurrección no es un tema secundario sino un tema fundamental de nuestra fe. De hecho, lo que nos constituye en cristianos y nos separa del resto de las religiones es nuestra fe en la Resurrección de Jesucristo. Cuando constatamos en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel no creía en la resurrección de los muertos y la vida eterna. No vemos ninguna referencia de la vida eterna en el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), sino que esta creencia fue desarrollándose en el transcurso de nuestra historia de salvación. Los 2 libros de los Macabeos son claves para entender nuestra historia de salvación. Pues el tema de la Resurrección está bien claro: Judas Macabeo manda hacer un sacrificio por el descanso del alma y la resurrección de los caídos en combate, y, por otro lado, vemos el dramático pasaje de nuestra primera lectura.

Por motivos de logística, en la misa no leemos el pasaje completo del texto, sino un extracto del mismo. El episodio completo es mucho más dramático que los que se nos representa en la misa hoy. Pero lo que sí queda en claro es lo siguiente: la madre prefirió que sus hijos murieran de la manera más sangrienta, para luego morir ella, porque era más importante dar la vida en este mundo y resucitar en el venidero, que por escaparse de la muerte y buscar glorias pasajeras, se perdiese esa eternidad. Y esta es una lección que esta madre, lamentablemente no tenemos su nombre, nos da a nosotros, que muchas veces preferimos las cosas de este mundo que los ofrecimientos de Dios.

Para Jesucristo, la resurrección es tema fundamental. De hecho, El iba a hacerlo, y hablo del tema de una forma que no hubiese dudas. Con esto en mente, miremos el pasaje. A Jesucristo lo quisieron enredar e inculparlo muchas veces, y es por eso que le venían con preguntas capciosas como la del pago del tributo al César. En esta ocasión le vinieron con un caso tan tirado de los pelos, pero, como siempre, Jesucristo no sólo lo batea, sino que nos declara algo muy importante: que, cuando resucitemos, nuestros cuerpos serán cuerpos inmortales, gloriosos, como el suyo. De ahí nuestra convicción de que seremos gloriosos como Él.

Esto me trae a colación una cosa: ¿por qué hay tanto cristiano que cree en la reencarnación? ¿Cuándo Jesucristo habló de ella? Nunca. La reencarnación es precisamente lo opuesto a la resurrección porque, entre otras cosas, niega el hecho de que nuestros cuerpos son únicos e irrepetibles, llamados a la gloria. La reencarnación, entre otras cosas, nos dice que somos unas simples almas encarceladas en un cuerpo y que migrarán de cuerpo en cuerpo y que cada cuerpo será una envoltura que se deshecha. Cristo, al contrario, nos enseña que cada uno de nosotros es irrepetible, un regalo de Dios, llamados a la eternidad.

Padre Rafael Méndez Hernández, Ph.D.

Para El Visitante

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