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En la lectura del Deuteronomio, se nos indica qué es un profeta y cuál es su naturaleza: uno que habla en nombre de Dios, palabra de Dios, no suya propia.

En su afán para que la gente se concentre en las cosas del cielo y se olviden de las terrenales, San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, indica a los cristianos de Corinto, que lo que es verdaderamente importante es la vida eterna, no ésta, y por tanto no se le debe dar importancia al matrimonio. Nota bene: esta indicación debe de entenderse en su contexto.

En total contraposición a la primera lectura de hoy, San Marcos nos presenta a un Jesús, que no habla en nombre de Dios, como los profetas, sino en nombre propio, como si de él emanara toda autoridad.

¿Qué es un profeta? Un profeta no es uno que predice el futuro. El profeta es uno que habla en nombre de Dios. En el libro del Deuteronomio, Moisés explicita que Dios, una vez falte, suscitará un profeta que hable en un nombre. Y bien claro expone que, si el profeta se atreve a decir lo que le da la gana y no lo que manda Dios se expone al castigo divino. Este será el origen de una de las instituciones más importantes de Israel: el Profetismo. A partir de este momento, veremos a través de todo el Antiguo Testamento, hombres suscitados por Dios, que hablan en Su nombre. Cada vez que un profeta comenzaba a hablar, siempre comenzaba con esta muletilla: “esto dice el Señor”. Y todas las profecías que vemos en la Biblia, comienzan con estas palabras.

El pueblo de Israel tenía esto bien guardado en su imaginario cultural y es por eso que, cuando Jesucristo comienza a predicar, lo cuestionan, le choca. Esto se debe a que Jesucristo NUNCA dijo: “esto dice el Señor” sino que Jesucristo SIEMPRE dijo: “esto les digo YO…” o, “en verdad les digo…”, como si de Él surgiera toda autoridad, como si Él fuera Dios. Jesucristo, por tanto, rompía con la regla establecida por Moisés en el Deuteronomio.

Esto de por sí era para recibir el rechazo del pueblo, pero, sus palabras fueron acompañadas por milagros: esto hacía que su predicación fuera mucho más especial. Sus milagros no eran gratuitos, sus milagros eran una garantía o credencial de que Jesús tenía el poder de Dios. No sólo eso, sino que muchos de sus milagros consistían en cosas que Dios solamente tenía poder, como la de expulsar demonios en nombre propio, curar leprosos, calmar la tempestad. De ahí que todo el mundo sale con la pregunta “¿quién es éste?”, una pregunta que nadie se atrevía a contestar porque nadie quería decir que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios por antonomasia, Dios hecho hombre que habita en nosotros.

Esta pregunta es una de las grandes características del Evangelio de San Marcos: “¿QUIÉN ES ÉSTE? Se nos es planteada para que seamos nosotros, no Jesús, quienes la contestemos. Porque, en el momento en que nosotros, tú y yo, contestemos esta pregunta diciendo que Jesús es Dios, estamos haciendo un acto de fe.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante