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Dios le dice a Job que Él es el Dios Creador de todo, de la naturaleza y esta le obedece.

En una manera más o menos enredada, San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios nos dice que, si pertenecemos a Jesucristo, somos partícipes de su muerte y, por tanto, de la salvación que ésta nos ha conllevado.

En el Evangelio de San Marcos, la escena encierra un mensaje subliminal: Jesucristo es Dios.

Uno se echa a reír cuando escucha a los Testigos de Jehová decir que Jesucristo no es Dios, puesto que, entre otras cosas, Jesucristo nunca lo dijo. Es verdad, Jesucristo NUNCA dijo con su boca que Él es Dios pero, con sus gestos, con sus acciones, dejó ver claro que lo es. Y uno de esos momentos es el Evangelio de hoy. Las raíces de este evento las podemos ver en la primera lectura.

Dios, para indicarle a Job que es el dueño de todo, que nada está fuera de su control y, por lo tanto, a manera de invitación de poner su confianza en Él, Dios le indica a Job que toda la naturaleza, no solamente lo terrestre sino también lo celeste-el sol, las nubes, el viento, las tempestades- le responden a Él puesto que son su Creador y su dueño. Si esto es así, entonces Dios insta a Job que abandone sus manos.  Ahora, teniendo esto en mente, vámonos al Evangelio de hoy.

Si hay algo que es más oscuro que una cueva de lobo por la noche, es el Mar de Galilea.  Yo me acuerdo haberlo visto de noche unas cuantas veces y a la verdad que da miedo.  Y eso que ahora hay postes e iluminación artificial alrededor de su orilla, pero, en tiempos de Jesucristo, estos focos no existían. Uno entonces se puede imaginar el pánico que los apóstoles sintieron cuando, en medio de la obscuridad de la noche, se desata la tormenta y Jesús durmiendo como nene chiquito.

Si los apóstoles no despiertan a Jesús, Él seguiría durmiendo tranquilamente, pero, ante el requerimiento de los apóstoles se despierta, se estira, mira el revolú de la tormenta y, como si nada, manda al viento que se pare, al cielo que se abra, y al mar que se tranquilice como si fueran nenes chiquitos. De momento toda la naturaleza, ante su regaño, se tranquiliza.  Luego de que Jesucristo regañara a la naturaleza, regaña a los apóstoles por su falta de fe y vuelve a dormir.  Los apóstoles se quedaron estupefactos ante todo, y se quedaron viendo a Jesucristo mientras dormía, más asustados que con la tormenta misma. ¿Por qué?

La respuesta es sencilla: con ese gesto, ¡JESUCRISTO DEMOSTRÓ QUE ES DIOS!  Volviendo a la primera lectura de Job, Dios le dice a Job que es Dios porque, entre otras cosas, la naturaleza le obedece, le responde a Él. Cuando Jesucristo regaña a la naturaleza y ésta le responde, está diciendo simplemente que Él es Dios. Los Apóstoles entendieron bien este mensaje y es por eso que quedaron más asustados que al principio. Esto es más dramático si consideramos que, para el hombre bíblico, el que veía a Dios se moría. Si tú te encuentras a Dios cara a cara, ¿qué tú harías?

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante