“Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo”. Esta expresión del salmo 83 es una de tantas frases de la Sagrada Escritura que pueden expresar la razón por la que una persona se entrega enteramente a Dios a través de la consagración de toda su vida.

Así lo hizo Sor Damaris del Santísimo Sacramento y del Niño Jesús, O.Carm., en su profesión solemne, la mañana del pasado sábado, 26 de enero, en la Iglesia del Monasterio Santa María del Monte Carmelo en Mayagüez.

La Santa Misa estuvo presidida por P. Rogelio Mur Aguilar, O.Carm., y concelebrada por siete sacerdotes y dos diáconos. “¿Dónde estaría la vida si el corazón no bombea la sangre hacia todos los rincones del cuerpo?”, cuestionó P. Mur durante su homilía y explicó que una monja de clausura, como es Sor Damaris, es para la Iglesia lo que el corazón es para el cuerpo.

Además, recordó que todos los hombres y mujeres están llamados a una vocación común, aunque cada cual escoja un estilo de vida diferente. “Llegar a la plenitud de los hijos de Dios es nuestra vocación. Dios nos ha dado la vida para que seamos felices, y seremos felices en la medida en que seamos santos, que no es otra cosa que hacer buen uso de nuestra libertad”, dijo el sacerdote.

Y, así mismo, sin ninguna coacción, la religiosa de 31 años hizo permanente la promesa de entregarse a Dios como monja carmelita de clausura para vivir en obsequio de Jesucristo, asociada al sacrificio eucarístico por la humanidad entera, especialmente, por la santificación de los sacerdotes.

Al terminar la homilía, el celebrante interrogó a Sor Damaris acerca de su deseo de abrazar la soledad, el silencio, la oración, la penitencia y el trabajo, propios de la vida monástica carmelita, a lo que respondió, fuerte y decidida: “sí, quiero”.

Entonces, se postró en forma de cruz para la oración litánica.Al tiempo que dos Hermanas de María de Schoenstatt le iban cubriendo con pétalos de rosas rojas, signo humildad, súplica y disponibilidad, así como de la alianza de amor que sella con su Esposo, Jesucristo, y con quien se une también en su martirio salvífico.

Luego, Sor Damaris, de rodillas delante de la Priora, pronunció la fórmula de su profesión, escrita de su puño y letra, para emitir definitivamente sus votos de pobreza, castidad y obediencia en la Orden del Carmen, y la firmó justo antes de expresar el sentido de su entrega gozosa a través de un breve canto que decía: “Señor, acepta la ofrenda de mi vida. Señor, acepta la alegría de mi entrega. Señor, alienta siempre mi esperanza de vivir según tu voluntad”.

Después, el celebrante dijo la oración de bendición que precedió la entrega del libro de la regla y las constituciones de la Orden, el breviario, el cirio encendido, y la corona de flores blancas que colocaron sobre su cabeza, su madre y la Priora del monasterio.

Antes de la bendición final, P. Mur llamó a Sor Damaris, le indicó que se colocara mirando al presbiterio y le dijo: “Usted ha hecho hoy su consagración por los sacerdotes: ¡tienen rostro!”, y le recordó su misión de orar intensamente por ellos y por la humanidad entera, por lo que después le pidió que observara a la feligresía.

Con la sencillez y la ternura que la caracterizan, Sor Damaris agradeció a Dios y a la Virgen María, a sus padres, a los sacerdotes y a todos los presentes, a quienes también les recordó la necesidad de acudir siempre a Dios desde la oración: “Tenemos a Jesús en el Sagrario. ¡Todos lo tenemos! No hay que ir a otro lugar a buscar más”, y concluyó: “Espero, con la gracia de Dios, cumplir fielmente mi tarea”.

Vanessa Rolón Nieves
Para El Visitante

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