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El Profeta Ezequiel nos comparte su vocación al profetismo y nos confiesa que ha sido llamado por Dios, no para decir cosas lindas, sino para decir íntegramente lo que Dios quiere que le diga al pueblo de Israel.

San Pablo en la Carta a los Romanos, nos recuerda que la base de toda la praxis cristiana es el amor: por amor es que hacemos o dejamos de hacer lo que hacemos.

En el Evangelio según San Mateo, Jesucristo nos habla de un tema que es muy difícil para nosotros los cristianos pero que es imperioso que lo hagamos: la corrección fraterna.

Nunca me olvidaré de la primera charla que di como joven del grupo de jóvenes de mi parroquia, Juventud Católica Misionera (JUCAMI), de Parcelas Amadeo de Vega Baja. El tema era sobre qué era ser profeta. Hasta ese entonces, yo creía que un profeta era un hombre que era capaz de ver el futuro, pero ahí aprendí que ser profeta era ser llamado por Dios, para hablar en nombre de Dios, para decir, no lo que uno quiere, sino lo que Dios quiere que uno diga.  Eso se me quedó grabado tan profundamente, sin saber que más tarde sentiría la vocación sacerdotal y que Dios me llamaría, precisamente, a ser profeta.

Esto es lo que nos dice Ezequiel en la primera lectura de hoy. Nos comparte el Profeta que Dios cuenta con Él para convertir a los pecadores con su predicación. Le advierte que, si por culpa de no ser consecuente con el llamado que Dios le da la persona, esta no se convierte y se pierde, Ezequiel tiene que dar cuentas de esa alma. Pero si esa persona no se convierte con la predicación sincera del Profeta, éste queda exonerado de toda responsabilidad.

Jesucristo va por esa misma línea. Pero mientras Ezequiel nos dice simplemente que tenemos que corregir al que está mal, Jesucristo nos da los pasos para indicar cómo es que tenemos que hacer la corrección fraterna. En una cosa Jesucristo es clara: si tenemos que corregir a alguien en frente de los demás, hay que hacerlo. Entender esto es muy importante porque estamos viviendo en una sociedad que lo queremos dar todo por bueno, y que corregir a alguien en frente de los demás es una falta de respeto. Jesucristo nos dice claramente que tenemos que corregir a las personas a solas, en primera instancia. Si no nos hacen caso, tenemos que escalar la corrección hasta hacerla al frente de la comunidad cristiana y Jesucristo llega al punto de decir que, si aún así, la persona no quiere hacer caso, entonces hay que expulsarlo de la Iglesia por el bien de los demás y por la integridad del Evangelio.

En su carta a los Romanos, San Pablo nos dice que la praxis es ayudar a los demás y que esta ayuda es una concreción del amor. Pues corregir a los demás para que se conviertan, para que se arrepientan, para que crezcan, es otra forma de practicar el amor. Y, una cosa: un verdadero cristiano no le ríe las gracias a nadie.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante

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