Una vez, de visita al Museo de Arte de Puerto Rico, vi una cortina de escenario tejida con muchos hilos distintos. En ese recorrido me permitieron verla de cerca y descubrí que algunos de sus hilos eran finitos, otros brillaban más, otros casi se perdían. Pero juntos formaban una imagen hermosa, algo así como una tela de araña. Y pensé: así es la fe. Un conjunto de hilos distintos pero únicos. Es una mezcla de vidas, de historias, de heridas y de amores.
En esta Iglesia nuestra hay dos hilos espirituales que sostienen todo: Pedro y Pablo. Dos hombres de verdad, con corazón, con dudas, con historia. A veces pensamos en los santos como si fueran de piedra, sin errores. Pero ellos no fueron así. Fueron humanos. Y eso es lo que los hace tan importantes para los que todavía caminamos por “este valle de lágrimas”.
Pedro era pescador. Un hombre de mar, con manos fuertes y corazón ardiente. Amaba a Jesús con todo, pero también lo negó cuando se llenó de miedo. Se derrumbó, sí. Y lloró. Pero en esas lágrimas había algo más fuerte que la culpa: había sinceridad. ¿Sabes?, Pedro no fue perfecto, pero no se rindió. Volvió a levantarse, una y otra vez. Su fe era como el mar donde pasaba largas horas: a veces tranquilo, a ratos bravo. Pero siempre en movimiento.
Pablo, en cambio, era diferente. Sabía mucho, discutía, defendía la ley con uñas y dientes. Persiguió a los cristianos… hasta que Dios lo detuvo de golpe. Dice la palabra que una luz lo dejó ciego, pero le abrió el corazón. Desde ese día, se volvió otro hombre. Viajó, predicó, escribió, sufrió. Su fe no le llegó de forma milagrosa: se la ganó con luchas.
Y ahí está lo hermoso: Dios no eligió a dos iguales. Eligió a uno que amaba a impulsos y a otro que pensaba cada paso. Uno que se caía y se volvía a levantar, y otro que cambió de rumbo sin mirar atrás. Juntos nos enseñan que hay muchas formas de seguir a Jesús. La Iglesia no se construyó sobre ángeles volando de un lado a otro, sino sobre Pedro y Pablo:
dos hombres con pasados difíciles y camino en fe. No se les pidió ser perfectos. A ellos se les pidió
creer. ¡Y eso basta! Yo me pregunto a veces: ¿soy más como Pedro, que se lanza y después duda? ¿O como Pablo, que razona hasta creer? Y pienso que tal vez soy un poco de los dos. Porque la fe no es tenerlo todo claro. Es animarse a caminar, aunque no veamos el final. Es seguir, aunque a veces cueste.
Pedro y Pablo no nos enseñan cómo brillar para las cámaras. Nos enseñan cómo andar con la mirada fija en Jesús. Y a mí eso me da esperanza. Porque si Dios usó sus vidas, también puede hacer algo con este pobre franciscano y contigo

Pescadores de almas, pilares de Fe: una historia muy humana
Categorías Populares


