El libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un hito en la historia de la Iglesia: su primer sínodo y la primera directriz de la Iglesia de Jesucristo.
El Apocalipsis nos presenta un pasaje un poco difícil de entender, pero que se resume en lo siguiente: Jesús, el Cordero de Dios, es el santuario que acoge a todos en la Iglesia, al mismo tiempo que la ilumina.
San Juan nos indica que, en la Última Cena, Jesucristo le dice a los Apóstoles que la Iglesia ha de ser comunidad de amor y paz, frutos de la acción del Espíritu Santo.
Cuando Papa Francisco nos trajo el tema de la sinodalidad, muchos se escandalizaron, pensando que la sinodalidad atentaba contra la autoridad del Sumo Pontífice. En realidad, la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, toma sus grandes decisiones en colegialidad. El Santo Padre no toma decisiones importantes de manera despótica y dictatorial, sino en consulta con toda la Iglesia. El pasaje de hoy nos presenta un momento cumbre de la vida de la Iglesia: la decisión acerca de la cuestión de la circuncisión, un tema neurálgico para la religión judía. La circuncisión era imprescindible para ser parte del pueblo de Israel. Ahora, para ser cristiano, ¿hay que ser judío primero? Ante esta pregunta crucial, los Apóstoles se reunieron por primera vez como colegio en Jerusalén, para debatir la cuestión y tomar una decisión. Estas deliberaciones tenían que ser guiadas por el Espíritu Santo. La decisión tomada indica que lo que salva no es la circuncisión, sino la Fe en Cristo y su Sangre derramada en la Cruz. A raíz de este concilio, San Pablo tocará este tema una y otra vez en sus cartas, en especial la Carta a los Gálatas.
Como ya se acerca la Ascensión, la Santa Madre Iglesia ha tenido a bien presentarnos el discurso de despedida del Evangelio de San Juan, un discurso pronunciado en la Última Cena en estos días, para nosotros tener la sensación de que Cristo se está despidiendo de nosotros, antes de subir a los cielos. En el extracto de hoy, Cristo nos presenta un reto grandísimo: si de verdad lo amamos, guardaremos sus mandamientos. No podemos decir que amamos a Dios y no cumplir con sus mandamientos. Este reto de Jesús nos obliga a hacer una reflexión y un recorrido por todos los evangelios, ver una por una las enseñanzas de Jesús, para estar conscientes de lo que Jesús espera de nosotros y cumplirlo. Me viene a la mente el Sermón de la Montaña del Evangelio de San Mateo, en donde Jesucristo nos presenta las exigencias que Dios quiere que cumplamos.
El reto es grande, pero, si cumplimos con los mandamientos, nuestros corazones se llenarán de paz, puesto que Dios mismo, tanto el Padre como el Hijo, entrarán en nuestros corazones, llenándolos de paz. El Espíritu Santo es el garante de que podamos cumplir con los mandamientos de Dios y sentir su hermosa presencia en nuestras almas. Esta presencia es la que hace que, en los tiempos de tormenta mantengamos la calma, en los tiempos de guerra tengamos paz, y que no ningún obstáculo que no podamos vencer porque, con Cristo todo y sin Cristo…termínalo tú.



