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Llamamos Pascua al tiempo litúrgico que comienza en la Noche Santa de la Vigilia hasta el día de Pentecostés. Son 50 días de gozosa celebración del triunfo de Jesucristo sobre la muerte y el pecado. Pascua es la traducción de la expresión hebrea Pesaj que significa paso. Israel, el pueblo de la primera Alianza, celebra el Pesaj como el inicio de su libertad, es el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad en la tierra prometida.

No es casual que el evangelista San Juan utilice este verbo en el inicio del relato de la última cena: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”, (Jn 13, 1). El paso de Jesús de este mundo al Padre es el inicio de un nuevo éxodo, una nueva Pascua. Inaugura la Pascua definitiva. 

En la celebración de Pesaj, no sólo se conmemora el Éxodo, el pasaje del pueblo de Israel de la opresión y esclavitud hacia la libertad. Esta noche se hace memoria, anamnesis sería el término correcto, en el que no sólo recordamos como un evento pasado, sino que “actualizamos el misterio”, y lo vivimos como si estuviéramos allí, como si fuésemos parte de ese acontecimiento. Somos nosotros hoy, quienes fuimos liberados por Dios, esa noche. Y por eso en esta cena, damos gracias a Dios y lo alabamos por lo que hizo por nosotros, y celebramos que somos seres libres.

La Última Cena no fue una pascua judía más, sino que fue la pascua que llevó a su plenitud todas las pascuas anteriormente celebradas, y esencialmente la primera, la noche del éxodo, la liberación del pueblo de Dios. La Última Cena de Jesús no solo fue un orden de Pesaj, sino que Jesús eligió esa noche para instituir el misterio más preciado que nos dejó, la Eucaristía. No fue casual, por supuesto, ya que Él es el verdadero Cordero pascual, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y vino a traernos un nuevo y definitivo Éxodo. Esa noche, la noche en que iba a ser entregado, fue una noche distinta a las demás, la más diferente a todas.Jesús, con todo su cuerpo, su alma y su Divinidad llevó a su plenitud la última pascua de la primera alianza, para instaurar una nueva alianza, celebrando ahora todas las naciones juntas, una nueva Pascua en Su Nombre. La primera Pascua, el primer éxodo, implicó la salvación de un pueblo, un paso de la esclavitud física a la libertad física. Y además una libertad de culto, ya que al estar oprimidos y vivir como esclavos no podían hacerlo, estaban bajo un régimen de opresión. 
 
Jesús vino como alguien aún más grande que Moisés, a liberar ya no sólo a un pueblo sino a toda la humanidad. Y no de la esclavitud física sino espiritual. Nos libera del pecado. Un nuevo éxodo requería de una nueva Pascua. Y Jesús instituye la nueva Pascua del nuevo éxodo. Pero esta vez el cordero sin defecto era Él mismo, que se inmola voluntariamente. 
 
Por medio de este sacrificio Jesús inaugura el nuevo éxodo que los profetas habían anunciado y que el pueblo judío tanto anhelaba. Esta noche, Jesús pronuncia por primera vez las palabras que consagran su propia sangre como expiatoria: “Esta es mi Sangre, Derramada por muchos, para el perdón de los pecados. Hagan esto en mi memoria’’. 
 
Esta vez será su propia sangre la que librará a la humanidad. De la misma manera que la sangre de los corderos hacía saltear las casas de los israelitas de la plaga de la muerte, quien consuma la sangre del cordero de Dios lo “salteará” también de la muerte espiritual al consumirla, y así tendrá vida eterna. “Quien beba mi Sangre vivirá para siempre’’. 
 
Del mismo modo que para el pueblo de Israel era obligatorio consumir el cordero para completar el sacrificio pascual y evitar así la décima plaga, nosotros debemos también consumir el cuerpo y la sangre de Jesús, transustanciado en pan y vino, para completar la salvación. “El que come mi carne y bebe mi Sangre vive de Vida Eterna’’. Jesús reemplaza el sacrificio del cordero pascual por el sacrificio de sí mismo. Será “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Él establece en ese momento y para siempre un nuevo sacrificio. De esta forma tan sagrada y misteriosa, se inaugura el nuevo éxodo. “Es la Nueva Alianza en mi Sangre derramada por ustedes y por muchos’’. 
 
Jesús reconfigura la Pascua judía a través de su propio sufrimiento y muerte y marca la nueva Pascua y Alianza. Que en esta Pascua sepamos ver las huellas que fue dejando Dios a lo largo de la historia, para que este magnífico misterio sea aún más grande y hermoso. Hoy somos los destinatarios y protagonistas de la Pascua de Jesús. Hoy somos liberados de la opresión del pecado. Alegrémonos, la victoria de Jesús es nuestra victoria. Cuando contemplemos signos de muerte, de esclavitud y de desesperanza, Jesucristo en su Pascua nos señala que triunfaremos con Él y en Él. 

Padre Edgardo Acosta

Para El Visitante