Me vino a la mente aquella tirilla cómica de Pancho y Ramona de hace años. Supuestamente para educar a estos viejos… Y juzgo en la mente a los consejeros baratos, o ignorantes, o incluso mal intencionados, a donde se refugian a veces las parejas en busca de consejo o apoyo en las crisis. Son educadores que no conducen a buena parte. Brújulas alocadas. Recuerdo una broma de las de WhatsApp, que ilustra lo que comunico. Un amigo, acongojado por un conflicto conyugal, llama a sus amigos para que le aconsejen cómo reaccionar. Precioso diálogo:
“Amigos, me ha ocurrido algo por primera vez y no sé qué hacer. Tuve una fuerte discusión con mi esposa y al final ella me dio la razón. Esto nunca me había pasado. Estoy desconcertado. Por favor, aconséjenme qué debo hacer”.
Llovieron los consejos: “Ten cuidado; es una trampa; ésta buscasacarte algo. Cuídate”. “Arrodíllate y pídele perdón”. “Discútele, discútele hasta que cambie de opinión”. “Hazte elmuerto.” “Un amigo mío al que le pasó esto se divorció”. “Por favor, no se te ocurra meter a los niños en esta situación”.
Es posible que abundaron más los consejos. Mi primera observación en el tema es que averigües bien a quién le vas a pedir consejo. Si te encuentras en una situación de desesperación por lo que ocurre, no vayas a una barra a pedirle consejo a un amargo divorciado. El consejo vendrá seguro: “Divórciate, y sácale todo lo que puedas”. Lo mismo afirmaría de quien busca ayuda en personas supuestamente preparados para ello: psiquiatras, psicólogos, coaching. El hecho de títulos que ostentan como bien adquiridos no es la única razón. Es posible que un profesional a quien no le importen mucho los principios religiosos o morales, recurrirá a soluciones tal vez muy desacertadas según tus propios principios. En este punto, como sucede con situaciones de salud, es buena la referencia de otras personas estimadas por ti, que recurrieron con éxito a determinado profesional.
Dice el refrán español que “cada uno habla de la feria como le fue en ella”. Es decir, solemos calificar el resultado final en algo según haya sido mi experiencia de ello. El que perdió su dinero en las picas de las fiestas patronales afirmará que ha sido la peor fiesta del municipio, o al revés. Hay que estar atento a quien proclama, y sin decirlo: “Conejos vendo para mí no tengo”. Si tu consejero no ha sido consecuente y firme en la materia que le consultas, mejor sería no consultarle. Es difícil el consejo de quien ves como hipócrita: exige lo que se debe hacer, pero el mismo no lo hace. Siempre recuerdo la parábola leída en la escuela: El asno que lleva a un niño, y su abuelo camina a su lado. Llueven las críticas: que el niño es desconsiderado ante un viejo; luego que como es posible que un niño cabalgue y su viejo abuelo tenga que caminar; o luego cuando al final los dos se suben al asno “Que insensibles estas personas ante el maltrato de los animales…”
No digo que este mal la asesoría, pero hay que examinar con quien y de qué modo convencerme de la bondad del consejo. Para esto ayude grandemente el don del Discernimiento, precioso don del Espíritu. El Papa Francisco en varias ocasiones lo ha mencionado. Consiste en examinar a la luz de la presencia divina la solución presentada; orar al Espíritu Santo por su luz para decidir; listar los pros y los contras del consejo; observar qué mociones de paz, esperanza. O, por el contrario, desasosiego, inseguridad, me sobresaltan. Es la forma de hablar del Espíritu Santo. Y la mejor amanera de asegurar que lo que se tome como solución vaya más en la línea de la bondad que el Señor te pide cuando te veas obligado a decidir algo importante. Y recuerda: al final la decisión será tuya, y la responsabilidad por ella.
P. Jorge Ambert, SJ



