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No seas avestruz

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Dicen, no sé con qué evidencia, que el avestruz, al sentirse en peligro, hace un hoyo en la arena y allí zambulle su cabeza. Si no lo veo, no existe peligro. Pero otro refrán habla: “Problema que se soslaya, estalla”. Es lo que podría suceder en la comunicación matrimonial. Y como el tema es capital en las relaciones de pareja, le dedico breve reflexión.

Hay varias formas de “avestruzar” (invento el término). La primera sería, ante una preocupación por hechos advertidos como molestia o agravio, el que la pareja utilice métodos indirectos para que se comprenda su molestia. ¡Método indirecto! Como mi amiga que no hablaba durante días, manteniendo silencio de anacoreta, lo que enloquecía al marido. Como ya no está Walter Mercado, el pobre no tenía a quién acudir para adivinar el problema. Y un problema que se ignora, no tiene solución. Como ven, este método es como ponerle vacuna a otro, y este no saber para qué funciona. O el chiste de colocar el lorito beato al lado del maldiciente, para que le cambie el disco duro y alabe a Dios en vez de protestar contra el obispo.

Otra forma de avestruzar es estrujarle en la cara al marido que pregunta ¿qué te pasa?, aquello de “ya tu tienes que saber”. Y claro, el marido repetirá como el comediante de antigua televisión “Ay Dios, cuchillo de palo, cuchillo de palo”. No con tan mal resultado, pero la misma molestia, es el de repetir “Ya tu tienes que saber qué me pasa…” Si el tipo no se controla mucho, puede suceder una escena de violencia física.

Bueno, lo que importa es cómo salimos de ese defecto. Es llamar a una conversación sobre algo que preocupa, pero (¡importante!) que sea en momento oportuno. ¡Frustra el que enfrentes al marido en el momento de llegar del trabajo con la amenaza “siéntate ahí que tenemos que hablar”! Ni despertarlo en medio del sueño, porque tu tienes que resolver cuanto antes. Hay que buscar el momento oportuno, el lugar oportuno, e incluso el ánimo preparado oportunamente. Si no, a la preocupación anterior se añadirá otra. Qué tal preguntarle: ¿cuándo podríamos sacar un momento para hablar de algo que me preocupa?

Otro punto: No comiences con acusaciones. Comienza analizándote a ti, reconociendo que tienes algo que te molesta y que desearías aclarar. Cuando se comienza con el dedo acusando a la otra parte, se rompe el diálogo. Es como si alguien avanzase hacia ti con un puñal en la mano: no te preguntas si te mata, o si es un juego, o si viene a mostrarte un arma novedosa. Claro, y sería mucho mejor, si lo primero que enuncias es algo que admiras y agradeces en la conducta de tu pareja; algo reciente, claro. Esto es parte de lo que llamamos diálogo en autocrítica.

Sobre la conducta de los menores aconsejaban los antiguos, y en verso: “Atajar al principio el mal procura; si llega a echar raíz, tarde se cura”. De eso estamos hablando. Si aceptas como cierta una mala conducta de la otra persona, y no desembuchas, sino que le sigues dando vuelta, terminarás como el monito del zoológico. El pobre sufrió una pequeña herida en su barriga, y como le picaba, comenzó a rascarse continuamente la herida. ¡La punzada se convertido en llaga y por poco se le salen las tripas! Si afirmamos que en la pareja la transparencia es deber imperioso, esto conlleva el que no te guardes las cosas hasta que se pudran y termine en mayores lo que al comienzo era remediable. Por eso, desahógate. No seas avestruz.

P. Jorge Ambert Rivera, SJ
Para El Visitante

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