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A Ezequiel Dios le advierte, que a pesar de que es un profeta comisionado por Dios, habrá gente que lo rechace, pero que en el fondo sabrán que es un enviado por Dios.

En la Segunda Carta a los Corintios, San Pablo confiesa que, la fuerza de su predicación no viene porque sea perfecto, sino por la gracia de Dios a pesar de sus defectos.

En el Evangelio de San Marcos nos encontramos con un fracaso de Jesucristo: su propia gente, que se rehusaron en creer en Él.

“Nadie es profeta en su tierra”, esta frase que nosotros conocemos tan bien y que la aplicamos cuando los mismos de uno no nos hacen caso, viene del mismo Jesucristo, con la experiencia desagradable que tuvo en Nazaret. De la relación de Cristo con su pueblo hablaremos ya mismo.

Dios le advierte al profeta Ezequiel que va a recibir rechazo por parte del pueblo que lo escuchara. Ezequiel no es el único; Jeremías, Elías, etc., han recibido la misma advertencia, preparándolos para lo que les venía. Esto se deba a que mucha gente quiere que los predicadores digan lo que ellos quieren oír, pero el predicador no es un “entertainer”, no es un entretenedor, sino un portavoz de Dios, del mensaje de Dios y este mensaje comienza con la palabra ¡conversión! La primera oración que Jesucristo mismo pronunció fue, “Arrepiéntanse, ¡porque en medio de ustedes está el Reino de los Cielos!”, (Mt 4, 17). Y no sólo Jesucristo, San Juan Bautista, los Apóstoles, en fin, todo el que predica el Evangelio comienza con este mensaje que es antipático, porque exige a los oyentes que hagan examen de conciencia, que renuncien a sus pecados, que cambien sus vidas… Si el que recibe el mensaje es una persona que verdaderamente quiere seguir a Jesucristo y ser santo, acoge la Palabra.

Pero, lamentablemente y hay que decirlo, hay mucha gente que va a la Iglesia simplemente para sentirse bien, para entretenerse. Cuando escuchan que tienen que pasar por el proceso de conversión, un proceso por el cual todos tenemos que pasar constantemente, lo resienten y reaccionan con el rechazo al predicador. Esto me acuerda a muchos sacerdotes jóvenes que, al comenzar a predicar, con ilusión, con entusiasmo, con un gran deseo de cambiar el mundo, predican de forma directa, la respuesta es el rechazo de la gente y ahí viene la primera crisis sacerdotal (los sacerdotes pasamos muchas crisis, de la misma manera que la pasan los matrimonios, crisis que nos ayudan a crecer).  

Este problema es más dramático cuando se trata de predicar a los de la misma familia.  Muchos familiares de sacerdotes piensan que, por tener un familiar o amigo sacerdote, pueden pasar gato por liebre, el sacerdote les va a condonar todo y, cuando el sacerdote echa a un lado la relación familiar y la amistad porque pone el Evangelio por encima de cualquier consideración, recibe reacción negativa. Los familiares le sacan en cara sus propios defectos, como si el predicador fuera perfecto cuando el predicador es otro pecador que está luchando con sus propios defectos, entregándoselos a Dios para que Dios los sane (segunda lectura). Así que ánimo, jóvenes, tanto sacerdotes como religiosas como laicos. Se los dice un sacerdote de 30 años de experiencia.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante