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La gran mística del siglo 16, Santa Teresa de Ávila (1515 – 1582), es recordada en la Iglesia por sus escritos y poemas. El título citado es parte de posiblemente, el mejor conocido de esos poemas. La poesía es una de las expresiones literarias más comunes de la inspiración humana. Los grandes místicos de la Iglesia usualmente son recordados precisamente por esos escritos y poemas que sirven de gran inspiración en la vida espiritual. Toda experiencia religiosa en la búsqueda del Espíritu conlleva un período de aridez, sequedad y vaciedad que atormentan el alma. San Juan de la Cruz (1542-1591) le llamaba ‘la noche oscura’. El conoció la experiencia y la vivió a modo apasionado, identificándola como un modo de ‘purificación’ del alma. Santa Teresa, en coloquios amorosos con Dios, se quejaba, confrontándolo, diciendo, ‘si así tratas a tus amigos…, no en balde tienes tan pocos’. 

Los principiantes en la vida espiritual, usualmente se quejan de esta experiencia, sintiendo un desaliento que va en contra de todo buen propósito. Es la etapa del ajuste personal que requiere toda una revisión de vida, un reenfoque de la motivación y un renovar el empeño de la búsqueda. El por qué Dios ‘se esconde’ es uno de los interrogantes de mayor desafío en la jornada espiritual. No es algo añadido al proyecto, como lo atestiguan los Santos que vivieron la experiencia. La ‘noche oscura’ desafía el tesón de fe y fortalece el atrevimiento de caminar abandonándose en las manos de la Divina Providencia. El llamado es genuino si se identifica como ‘una batalla’, una ‘prueba más’ en el difícil proyecto de santidad.  San Pablo lo describe de esta manera: “… cuando hay una carrera, todos corren para ganar, pero sólo uno recibe el premio. Así que corran para ganar. Todos los deportistas que compiten en la carrera tienen que entrenar con disciplina. Lo hacen para poder recibir un premio que no dura. Pero nuestro premio dura para siempre.  por eso yo no corro sin una meta ni peleo como los boxeadores que sólo dan golpes al aire”, (1Cor. 24-26). Aquí, ‘disciplina’ es la palabra clave. Esa disciplina se detalla con el rigor de la oración, del ayuno y la abstinencia.  

Con frecuencia, hoy por hoy muchos laicos abrazan una vida espiritual que conflige con lo ordinario de su vida normal. Usualmente casados y con familia, un laico que en su fervor comienza erróneamente a vivir una vida apostólica tan activa que cae en el abandono de sus obligaciones. Si antes pecaba por su negligencia familiar, ahora, ya convertido, no toma en cuenta esa negligencia que sigue siendo problemática, aunque ahora sea porque está envuelto ‘en las cosas de Dios’. La prueba que se recomienda en casos como estos sería cuestionarse a uno mismo, ¿soy mejor esposo, mejor papá? Y es que, desde el sentido de satisfacción personal, no es difícil caer en el engaño. 

Los síntomas de un comportamiento imprudente sería el malestar que se desarrolla en el hogar con quejas de los hijos y situaciones volátiles que roban la paz y la armonía. Por supuesto, ¡no tiene que se así! Pero lamentablemente, el ‘fervor del momento’ ciega y bloquea la razón. La alternativa no es abandonar la recién adquirida conversión, pero sí, moderarla con la virtud de la prudencia. ¿Qué es lo apropiado en este instante? Nada será motivo de turbación, si con mucha delicadeza se da la disciplina para plantear esa pregunta a modo de cautela y previsión. 

No es poco común, que los encargados de los movimientos parroquiales sean ya adultos mayores que no tienen la responsabilidad de atender una familia en desarrollo. Hombres jóvenes, sin embargo, que viven esas experiencias espirituales de conversión, tienden a darse por entero al movimiento parroquial cual sea. A la larga, van cayendo en tensiones con su matrimonio y con la familia en general. La turbación ocurre ante la rigidez de no saber armonizar un compromiso de fe y una vida como miembro de una familia. Cuando comienzan a surgir los conflictos, el desánimo abruma al individuo quien entonces abandona su compromiso con el movimiento. Se les compara con los ‘fuegos artificiales’ que brillan a corto plazo. 

Nadie desea pasar por esa experiencia de la noche oscura mencionada. A los incautos les sucede como a la semilla de la parábola ‘el sembrador’ (Mt 13, 1-23).  La semilla cae en terreno poco favorable para su crecimiento y muere sin dar fruto.  Parece increíble pero así es en lo concreto de la experiencia espiritual. ‘Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada le falta…’ no es solo una poesía de gran inspiración, es también un gran consuelo en esos momentos de noche oscura.  ¡Dios no juega con la vida! A quien Dios llama, su Espíritu lo guía ‘en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad…’   

Con gran sabiduría el apóstol y evangelista San Juan señala: “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo les hablo, no las hablo de mí mismo: más el Padre que está en mí, él hace las obras.  Créanme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí: de otra manera, créanme por las mismas obras.  De cierto, se los digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre”, (14, 10-12). Creyendo en esas palabras es que viven los que, esperanzados en el Espíritu Santo, sobreviven el azote de la turbación y el espanto. ¡Afortunados los que caen en cuenta que sin esas experiencias difíciles no hay vida espiritual!

Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

Para El Visitante