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Con motivo de la celebración del 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal, el papa Francisco ofreció a toda la Iglesia una Carta Apostólica “Patris corde (con corazón de padre)”. Con esta Carta Apostólica, nuestro papa ha querido contribuir un poco más en el debate de los cristianos sobre el conocimiento y el amor a san José. Puesto que, según el mismo Francisco, crecer en el conocimiento y en el amor a san José, es condición para “ser impulsado a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución” (Francisco, 2020). La vida de san José es una prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio. De hecho, la vida de todos “los santos ayudan a todos los fieles a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 42). La recomendación del santo Padre en estos días tan difíciles de vivir el Evangelio bajo el guía de San José sigue siendo una ventaja. Porque en san José “todos pueden encontrar el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad” (Francisco, 2020). Como misioneros, conozcamos un poco más a san José. 

Ciertamente, el san José a redescubrir, es el humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con María (cf. Mt 1,18; Lc 1, 27); el “hombre justo” (Mt 1,19.), siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39). Es el José, quien vio nacer al Ungido de Dios en un pesebre, porque en otro sitio “no había lugar para ellos” (Lc 2,7). El testigo de la adoración de los pastores (cf. Lc 2,8-20) y de los Magos (cf. Mt 2,1-12), que representaban respectivamente el pueblo de Israel y los pueblos paganos. El encargado de dar a aquel que ha de nacer, el nombre que le reveló el Ángel: “tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). El que junto con María “cuando, durante una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús, que tenía doce años, lo buscaron angustiados y lo encontraron en el templo mientras discutía con los doctores de la ley” (cf. Lc 2,41-50). Este es san José una “figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana” (n. 1) que hoy más que nunca, estamos llamados a conocer y a amar más. Crecer en el conocimiento a san José, sigue siendo un reto para los cristianos católicos. 

San José como padre amado es el prototipo de todos los padres. Él supo hacer de “su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo” (ibíd.). En la actualidad, ante tantas incertidumbres, irnos donde san José como abogado e intercesor, es imperativo. Como padre en obediencia, san José nos puede ayudar como misioneros a vivir en la obediencia de la fe sin vacilar. De hecho, “en cada circunstancia de su vida, supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní. En su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios” (n.3). José como padre en la acogida confió en las palabras del Ángel y no dudó en acoger a María sin poner condiciones previas: “la nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José 

se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio” (n.4). 

Con certeza, si efectivamente queremos acercarnos un poco más a la vida espiritual de san José, es de suma importancia saber que: “la vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo” (ibíd.). En un mundo tan indiferente, la acogida de José nos exige también a acoger a los demás, los más débiles, sobre todo a los pobres en sentido vicentino. Pero, para acogerlos hay que redescubrirlos. En efecto, como cada sociedad produce sus pobres, en el siglo XVII, san Vicente descubrió los pobres a través de una mirada profunda. Estuvo atento a los niños abandonados, a los presos y a las víctimas de las guerras (cfr. IX, 749). Hoy en día, la pobreza sigue siendo una realidad. De hecho, en la actualidad se hablan de nuevos pobres. Pero para descubrir a los nuevos pobres, basta con ver y comprobarlo con los ojos (cfr. IV, 427), basta con mirar al mundo a la luz del Evangelio. Desde esta perspectiva, un misionero es un descubridor de pobres. No obstante, no basta redescubrirlos. Hay que devolverles la dignidad perdida por causa de la pobreza. 

San Vicente no dudaba en recordar a sus misioneros: “el amor es inventivo”. Por tal razón, ante la situación difícil de nuestro mundo, la valentía creativa de los misioneros se impone. Puesto que, Dios en muchas ocasiones ha intervenido confiando en la valentía creadora de hombres y mujeres para salvar al mundo. Al igual que san José, como misioneros estamos llamados a poner nuestra valentía creadora al servicio de Dios y a la humanidad. Para ello, debemos aprender de san José: “el cuidado y la responsabilidad.” A ser “padre en la sombra.” Es decir, ser padre en la sombra del Padre celestial en la tierra. ¿Cómo sería nuestro mundo si todos los padres nuestros fueran padres en la sombra del Padre celestial? Seguramente, nuestro mundo sería más humano y fraterno. Ya que todos nuestros padres entenderían que ser padre “significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir” (n.7). También comprenderían que la felicidad de un padre “no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este padre la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza” (ibid.). Sin exageración, nuestro mundo de hoy necesite más padres al igual que san José. 

Que san José interceda por los misioneros y por el mundo entero. 

Por Jean Rolex, CM 

Referencias bibliográficas 

Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática. Lumen Gentium, 42. 

Francisco (2020). Carta Apostólica Patris Corde. Con motivo del 150 aniversario de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia Universal 

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