Es triste, pero por desgracia demasiado real, el que una pareja tenga que vivir situaciones de adulterio. Lo consideramos la peor ofensa que puede ocurrir en el matrimonio. Y la ofensa no consiste en que el cónyuge se haya buscado en otro lugar un placer prohibido. La verdadera ofensa es la deslealtad. No eres mujer, varón, de palabra. “Solemnemente juraste ser para mí y me has fallado en tu palabra”. “Mi amado es para mí y yo soy para mi amado”, fue pura poesía. Dicen que la prostitución es el oficio más antiguo.

Ya no es buscar a esa persona, es buscar a la soltera, o peor aún, a la persona casada. Así se da una carambola: destruyes tu relación, destruyes la ajena. Al encarar la situación adúltera para sanarla, consideramos primero por qué la persona cae en la falta. Puede ser, primero, por una debilidad natural. El instinto sexual es muy fuerte, y el ambiente en que se brega no ayuda. Como dicen, uno que es blandito y encima le empujan. El ambiente que nos rodea es hedonista. Y hay medios adicionales a los antiguos para echar leña al fuego. Con dos palos encima el empujón puede ser grande. Una segunda explicación es más profunda. Se trata de algo constitutivo de la persona que le empuja a repetir la aventura sexual.

Es ya una adicción. Algo obsesivo, un impulso poderoso le lleva al adulterio. Es el caso del individuo que sale como el león a ver qué cae esta noche. Y cuando no consigue nada se entretiene recordando las aventuras pasadas. Caso de siquiatra.Una tercera situación, y diría yo la más común, es cuando el matrimonio vive pro-fundamente un divorcio emocional. Todo es rutina, lo mismo, lo mismo… Se vive la tristeza, se cae en la indiferencia, se añoran los tiempos pasados que ya no volverán, ya la intimidad sexual está ausente o es mecánica, no amorosa. El caldo está preparado para ver que la grama del vecino es más verde que la mía. Y quien no tiene cocina en casa, mira a ver qué humea en la vecina. A esto se podrían añadir otros detalles, como la andropausia del varón, el siquiatra barato que aconseja a la esposa, triste compañera de oficina o de hospital. La cena está servida… y se cae en la trampa. Muchos no sobreviven la injuria y la lavan, como los caballeros antiguos con el duelo de honor, con el divorcio. Jugaste todo al nueve y salió el diez. Perdiste, papá. Aún reconociendo que la injuria es dolorosa, no podemos aceptar como única solución la destrucción de esa pareja. Es más, puede ser una llamada para atender lo que pasa en ambos, para repasar dónde comenzó este carro, que es la relación, a cancanear. Yo siempre recuerdo a una pareja que, exponiendo ella humildemente lo que había acaecido entre ambos, analizando lo que sufrieron por la situación adúltera, terminó declarando: “En todo esto di gracias al Señor porque mi esposo cayó en el adulterio”. Me asusté al oírlo. Ella explicó: “Porque nuestro matrimonio era tan soso, tan descuidado, tan rutinario… que esto fue como la bomba que me despertó a la vida, después que vi que no me la había quitado. Comenzamos a repasar y fortificar más nuestra relación”.

En mi experiencia: la pareja que cayó en este abismo, pero reaccionó, y comenzaron a trabajar ambos la superación y el perdón, es pareja que sube a la cumbre del matrimonio. Llegan a comprender mejor en qué consiste casarse, qué es de veras el matrimonio. Jesús tras su fracaso humano que culminó en muerte injusta y cruel, resucita y es reconocido como Dios entre nosotros. Y se logra la salvación del hombre. ¿Cómo crecen las flores con colores seductores? Con abono. Y de ¿dónde sale el abono? Del desecho orgánico. Es el mejor consuelo para que la pareja trabaje lo sucedido. Lo explico en otro momento.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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