Mensaje del Santo Padre a los Obispos Puertorriqueños

Queridos hermanos en el episcopado:

Con gran afecto los saludo a todos ustedes, que han venido a Roma para realizar la Visita ad limina Apostolorum, y, a través de ustedes, quisiera hacer llegar mi saludo a los queridos hijos e hijas puertorriqueños, especialmente a cuantos están confiados a su cuidado pastoral. Agradezco las gentiles palabras que el presidente de la Conferencia Episcopal me ha dirigido en nombre de todos. Este encuentro expresa la comunión que profesamos y, como Sucesor de Pedro, recibo con alegría la renovada fidelidad que ustedes manifiestan. 

Es una fidelidad dirigida, ante todo, a Jesucristo, el único Pastor, que camina delante de su grey y que, con una confianza que nos sobrepasa, ha querido encomendarnos el cuidado de su Pueblo Santo, sobre el cual «el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que Él adquirió al precio de su propia sangre» (Hch 20,28). 

Sin duda, esta visita será una ocasión propicia para renovar nuestro compromiso: anunciar el único y perenne mensaje de salvación, del cual, por gracia, somos heraldos y custodios. Tengan la seguridad de que las relaciones que han preparado sobre la situación de las distintas Iglesias particulares que gobiernan han sido leídas con gran atención. 

Puerto Rico se distingue por la belleza y diversidad de sus paisajes, por la riqueza de las tradiciones culturales que han dado forma a su identidad y por una profunda herencia cristiana, arraigada en la historia de su pueblo. Esta fe, transmitida a lo largo del tiempo, ha contribuido de manera decisiva a la formación espiritual, educativa y cultural de la Isla, dejando una huella duradera en la vida de la sociedad boricua y orientando su caminar como comunidad.

Les agradezco la dedicación con la que trabajan cada día para que Cristo sea conocido, amado y servido, y les animo a que todas las iniciativas pastorales que emprendan estén impregnadas de este único propósito: que Cristo sea conocido en la Palabra y encontrado en la oración; amado en la Eucaristía y servido en el Pueblo de Dios, especialmente en los más necesitados. 

Hoy, la Iglesia en Puerto Rico está llamada a sostener la esperanza de su gente y a caminar junto a ella con cercanía, afrontando con serenidad los desafíos económicos, sociales y familiares, así como las consecuencias ocasionadas por diversos fenómenos naturales. En este camino, el anuncio del Evangelio nos recuerda que el Señor es siempre fiel a sus promesas y que una fe vivida con profundidad es fuente de renovación para las personas y para las comunidades.

La unidad es un don fundamental para el camino de la Iglesia, vivida como comunión sincera entre los pastores, las comunidades y los diversos carismas y ministerios. Esta unidad —que no elimina la diversidad, sino que la armoniza— fortalece el testimonio eclesial y hace más fecundo el anuncio del Evangelio. Cuando se cultiva un espíritu de colaboración, de escucha y de mutua confianza, la Iglesia se convierte en un signo creíble de fraternidad y en un espacio donde el Pueblo de Dios puede avanzar con seguridad, además de que se crea un ambiente propicio para que nazcan y maduren nuevas vocaciones al servicio del Señor.

Queridos hermanos obispos, mientras les agradezco por este encuentro fraterno, los animo a perseverar en el cuidado del rebaño que el Señor les ha confiado, seguros de que, cuando aparezca el Pastor supremo, toda fidelidad será reconocida con la corona de gloria que no se marchita (cf. 1 P 5,4). 

Los encomiendo a la intercesión amorosa de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de la Divina Providencia, así como a la del Beato Carlos Manuel Rodríguez y a la de todos los testigos de la fe que han marcado su historia e interceden por ustedes ante el Padre Eterno. Con estos sentimientos, imparto de corazón la Bendición Apostólica, que extiendo a los todos los puertorriqueños, a los sacerdotes, consagrados y consagradas, a las familias, a los jóvenes, a los enfermos y a todos aquellos que buscan fortaleza y consuelo, como signo de esperanza y de aliento espiritual.

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