Hoy me pongo sicólogo. Antes me puse económico y nadie me hizo caso (la colecta no parió un centavo.) Nos ponemos sicólogos, para seguir entendiendo mejor, y perfeccionando en la práctica, la tarea que el Señor nos encomendó: hacer feliz al prójimo. La Sicología almacena la experiencia humana, tratando de encontrar las leyes que regulan la conducta. Claro, ante el hombre libre, estamos hablando de expectativas promedio. Se trata de entender las reacciones a los estímulos, las motivaciones para el cambio, el lugar de apoyo y equilibrio de la convivencia sana. De ahí surgen los “consejos” o, por decir mejor, las expectativas razonables.

 

Cuando de cambios para una saludable convivencia se trata, no basta solo el consejo o la táctica sicológica. Trabajamos sobre la libre voluntad humana y sería imposible que Dios estuviese ausente de ese trabajo. El ser más sano se logra también con el influjo de la gracia, el poder de Dios, el único con derecho a poner su mano en la intimidad.  No podemos, por tanto, quedarnos en meras leyes de conducta humana, apoyadas en las teorías que sean. El hombre cambia al decidir matar el mayor enemigo, el egoísmo. Para esto no basta el sicólogo.  En esto se especializa la gracia. La gracia se logra con la oración. La oración es el contacto con el gran sicólogo, el Dios con corazón deseoso de sanar, pues es fuente de vida.

 

Son múltiples las ayudas en consejería para nuestros matrimonios.  Hay expertos en comunicación, intimidad sexual, finanzas, crianza de hijos, etc. Se ofrecen también talleres para que la pareja afine su relación, la ponga al día evaluando lo que consigue y lo que preocupa. A la hora de buscar consejeros son capaces los que han recibido teoría certificada y mucho más si han adquirido experiencia en esas terapias. Considero que lo más importante, además de la ciencia, es la empatía que se obtenga de ese profesional. Gran logro es que te sientas entendido, acompañado, alentado, y sobre todo, que te halles en un clima de confianza como la que se tiene con un amigo. Creo que una profunda necesidad de todo ser humano es encontrar un oído amigo, alguien que te escuche, alguien con quien puedas desahogar lo que piensas o lo que actúas sin notar rechazo o imposiciones. El papa Francisco lo expresaba: “Pero como consejo diré: “Escuchar a las personas”. El ministerio de la oreja. La gente tiene necesidad de ser escuchada. Es tedioso, crucificante. Pero oír, escuchar y decir una pequeña palabra que es semilla que el Señor hará crecer, esta es la pastoral cuerpo a cuerpo. Y esto es importante hoy. Muy importante. Esto es lo que le digo»

 

Si decía Proverbios “ay del solo porque si cae no tiene quien le levante”, es maravilloso encontrar el oído amigo donde tus reflexiones caen en buen lugar. Que puedas decir de ese consejero “me cae bien”.  No esperes del profesional un directorio de consejos que debes poner en práctica. Ni alguien que te manipule.  Es más bien alguien que acompaña tu pensamiento validando lo que a él le parece adecuado, o humildemente expresando sus dudas.  Persona conocí que cuando alguien le mencionaba en conversación el “tienes que “se trancaba, aunque lo que se le insinuase fuese palabra divina. 

 

También es bueno que tu consejero sea una persona proba.  No te vayas a aconsejar con un divorciado, que está amargado de la vida, o no aprecia el profundo compromiso matrimonial.  No tiene que tener tu misma fe, pero sí que respete la tuya, e incluso la aproveche para insinuarte bases dónde asentar tu conducta futura.  Porque es posible que te encuentres uno cuya primera y mejor solución es divorcio.  Malo si piensa, así como solución incluso de situaciones difíciles, peor si te manipula para que tus decisiones vayan por ese camino.  No buscas un santo padre como dirigente, pero si un compañero sensato para el camino.  Alguien con quien ambos encuentran posibles salidas a la situación que se vive.  De él diría lo que la escritura “encontrar un amigo fiel es gran tesoro”.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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