Se esparce por doquier la idea de que en Puerto Rico nada funciona. Los planes y las estrategias se echan al vuelo, pero pronto se desinflan. Mantener en vilo a comunidades y personas es una modalidad, un estilo trunco. La fascinación por ayudar y dar la mano está ausente en las consideraciones gubernamentales. Falta una actitud de solucionar, aunque sea de amparar a aquellos que tienen reservado una dosis de sufrimiento, ampliado por la oficialidad organizada.

     Es la inacción una pandemia que desequilibra la copa de la resistencia ante la avasalladora actitud de mañana resolveremos. Las comunidades pobres están marginadas, como en una emergencia después de un huracán. Todas a una está invalidado por el más tarde yo resuelvo que se eleva como un rótulo de mal agüero. Los más talentosos hacen lo que pueden, se refugian en el Altísimo como la única esperanza.

     Poco a poco se difunde la idea de que el pan no llega a todos, de que hay preferencia y algunos se sirven con la cuchara grande.  Esa diferencia entre unos y otros propicia el miedo, irse del País, ocultarse veredas adentro. No hay progreso económico, ni social si se vive entre pesadillas y el látigo se refuerza en el abandono, en mañana resolveremos…

     Luchar juntos parece ser una agenda olvidada, un cometido para ingenuos y soñadores. El fraccionamiento de ideas y motivos convierte la epidermis en frágil piel de cebolla que se desgarra en cualquier momento. En lugar de reforzar lo bueno y justo se adorna la existencia con confeti, con baratillas, con alcancías a toda hora. Los ideales yacen olvidados, a distancia…

     En pleno siglo veintiuno, con la pandemia como pared dura, el clamor ciudadano es mayor para lograr recobrar la ruta. El dolor, el sufrimiento, el martirio de la indiferencia, achica el entendimiento que requiere de luz para el gran peregrinaje de la existencia.  La cátedra exige luz especial, un maridaje con la verdad, una experiencia de propósitos y metas. La superficialidad hace estragos y fomenta la vaciedad y el desgano.

     El pueblo espera una acción en que el ser humano no sea un mero espectador sino uno que colabora con el poder gubernamental para la obra comunitaria de logros para los marginados y los sufridos. La oportunidad es ahora que las arcas rebosan en monedas y las muchas necesidades parecen ser la orden del día. La fecha es hoy, porque el tiempo pasa y deja huellas físicas y mentales.

     Son muchos los que lloran a vera del camino. La acción es feroz de todos es una medicina, un remedio santo. Nunca es agradable ver el despilfarro de algunos versus otros que carecen de todo y se alojan en la esperanza. No solo hay que echarle más agua a la sopa, sino que hay que hacerla llegar a todos. De lo contrario se estarán fomentando la desigualdad y el oprobio caerá sobre todo el pueblo, una tragedia de mente y corazón.   

P. Efraín Zabala

Editor

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