Al cumplir 25 años de matrimonio, el de plata, ¡el marido mató a su mujer! Y todos: “¡Tú estás loco!, ¡qué has hecho!, ¡cómo ahora sales con esto!” Replicó él: “Es que uno es vago y uno lo va dejando, lo va dejando, lo va dejando…”. Bueno, la anécdota es falsa, gracias a Dios. Pero indica una realidad que sí llama la atención. Deja al descubierto a los vagos matrimoniales, los que no están continuamente rehaciendo la relación, evaluando la marcha, atentos a las nuevas etapas en el proceso de “estar casados”. Son los que opinan que, como pronuncié el sí ante el cura, ya logré todo. No, comienza la ascensión al Yunque, ¡y sin protección de los federales!
No podemos caer en esta vagancia matrimonial. Vivir atentos a la producción del producto. Y conscientes de las diversas etapas por las que normalmente pasa la pareja y toda experiencia humana de calidad. Alguno, de broma, definía las etapas del matrimonio como, 1. Habla ella y escucha él; 2. Habla él y escucha ella; 3. Hablan los dos a la vez y escuchan los vecinos. La pareja alerta entiende que las etapas son como el viaje en avión.
1. Sale el jet a Orlando y el despegue de la pista es estruendoso, todos los motores al máximo y consiguiendo la velocidad adecuada para el despegue. Es la etapa de reconocer que comienza la adaptación de dos personas diferentes a unas decisiones diferentes, aunque el gozo de la vida sexual y emocional lo hace llevadera. Y también confiados en la preparación buena del noviazgo, como el avión ha sido revisado por los mecánicos.
2. Llega la velocidad de crucero, en que es hasta posible que el piloto ponga el automático y se eche una siesta. Te acostumbras a que “la cosa va”. Pero hay que estar alerta a las turbulencias, al parte meteorológico que pueda cambiar, a la atención a las llamadas de los pasajeros. Y las turbulencias pueden ser peligrosas, mucho más si inesperadamente nace una tormenta. Entonces o subes a más altura, o te alejas humildemente de ruta o cambias velocidad. Es etapa de la crianza de hijos, atención a las exigencias del presupuesto, visitas a la escuela o al parque con los nenes.
3. Puede ser el aterrizaje, que también conlleva sus peligros al contactar la pista. Sería lo que llamamos “el nido vacío”: ya se fueron los niños y empieza a lo más la etapa del abuelo. Es la etapa en su surgen más fácilmente las fragilidades de la edad mayor, medicinas, visitas médicas, o rencores no resueltos. El peligro del cansancio de que “ya no hay más que hacer”, y la pareja se mira preguntándose quién será esa otra persona. Si el avión sufrió muchos percances en el trayecto, tal vez le falte gasolina, o rebote al contactar la pista, y ojalá no sea produciendo chispas al rebotar en el cemento.
Muchas veces proclamamos que el matrimonio nunca se acaba de lograr, sino que se hace haciendo. La tarea final sería en la despedida a la eternidad de uno de los dos, y que en dolor puedan pasarlo con gozo. ¡Cómo me alegré en las exequias de una de nuestras casadas cuando el esposo viudo, recordando los muchos logros en su tarea, terminó gritando gozoso: “Esposa, ¡misión cumplida!” Esa palabra solo la pueda pronunciar la pareja que venció la vagancia y trabajó con esperanza los distintos momentos de la marcha matrimonial. Ese SÍ repitió la marcha nupcial a través del camino cumpliendo la misión del Padre: “vivir el amor, convencer con su
conducta ante los demás que el amor es posible, porque lo hemos vivido en carne y sangre en la maravillosa y difícil tarea: vivir casados.



