El pasado domingo, el Papa León XIV nos volvió a sacudir con una verdad que incomoda, pero que no podemos seguir ignorando: “Quizás no falten los ‘cristianos de ocasión’, que de vez en cuando dan cabida a algún buen sentimiento religioso o participan en algún evento; pero son pocos los que están dispuestos a trabajar cada día en el campo de Dios”.
¡Y cuánta razón tiene! A veces es más fácil ser cristianos de ocasión: en la comodidad del templo, en la seguridad de las redes sociales, cuando compartimos una cita bíblica, cuando decimos “amén” desde nuestro celular. Pero ¿somos también cristianos con el prójimo? ¿Somos discípulos del Reino cuando estamos frente al hermano necesitado, frente al anciano olvidado, frente al joven confundido o al pobre sin voz?
Ser cristianos no puede ser un acto ocasional. Ser cristianos es una vocación diaria, una entrega constante, una misión de amor que se vive con las manos en la obra. Hoy más que nunca, nuestra Iglesia necesita discípulos enamorados que den el paso del templo al barrio, del púlpito al hospital, de la red social al comedor social.
En Puerto Rico estamos viviendo momentos de mucha dificultad: una crisis económica que no cede, tensiones sociales, pérdida de valores y una fragilidad creciente en la vida familiar. Ante estos retos, muchas veces miramos hacia el gobierno, los líderes comunitarios o la misma Iglesia esperando que “alguien” resuelva. Pero esa “alguien” somos también tú y yo. Si no nos arremangamos y trabajamos codo a codo, nunca saldremos adelante. Hay una necesidad real de compromiso, de trabajar unidos, de dejar de señalar para empezar a construir juntos.
Hay tantas pastorales que claman por voluntarios. Tantas obras eclesiales que necesitan manos, corazones y pies dispuestos a ir al encuentro. No basta con decir “yo creo” si no estamos dispuestos a movernos con compasión. Como bien nos recuerda el Evangelio: “La mies es mucha, pero los obreros son pocos” (Mt 9,37). Y eso no ha cambiado.
El Papa Francisco QEPD nos repitió en múltiples ocasiones: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.
La llamada es clara: dejemos la comodidad del cristianismo de vitrina y salgamos al campo donde se siembra el Reino. Ahí, donde hay dolor, ahí donde hay soledad, ahí donde la Iglesia necesita ser rostro de Cristo.
Porque no se trata de vivir una fe ocasional, sino una fe encarnada, comprometida, activa y viva. El mundo no necesita más espectadores de la fe, necesita testigos valientes del Evangelio.



