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Bueno, lo que hablamos siempre es ‘mamitis’. Palabra que comprende la actitud del hijo, o hija, de extender su dependencia de los padres, aunque cuando ya está casado. Cuando esta dependencia es del varón produce agrios sentimientos de la esposa hacia la suegra. No es tanto que la suegra se meta en lo que no le importa, sino que el hijo, o la hija, la meten en lo que no le importa. Es buena manera de desgraciar el matrimonio. Por eso no es aconsejable que la pareja recién casada vaya a vivir con sus padres, o incluso cerca de ellos. En una época de ajuste a la nueva vida hay que cortar los cordones, legítimos y  buenos, pero que ahora impedirían el progreso del nuevo nido.

Hablamos de la dependencia del hijo hacia sus padres… Esta se puede dar en la consulta continua a la madre, o al padre, para tomar decisiones que son exclusivas de la nueva pareja. O en el recuerdo de lo buena que era mamá: “mamá sí que hacía un café exquisito”. En un poema de queja decía la esposa: “yo no se hacer huevos revueltos como tu mamá adorada”, y lo decía con retintín. Sin duda que, en decisiones de consecuencias, las personas que mayor bien te desean son tus padres. Mas debe ser decisión acordada antes por la pareja, y sin la obligación de tomar lo que los padres opinen como orden definitiva. Aunque sea la mejor opción. No es saludable que uno de los cónyuges se sienta excluido en lo que, al final, tendrá resultados buenos o peores para ellos dos.

He conocido casos trágicos de esta hijitis, de otra manera. El cónyuge, casi siempre más la madre, que una vez pare los hijos, se entrega por completo a la tarea de ser mamá. Hijitis de otra manera. Olvida esta mujer que su prioridad sigue siendo su esposo. He visto a algún esposo con sentimientos de envidia por sus hijos, al constatar la entrega en alma y vida de su esposa a sus hijos. ¡Vacío inmenso el causado en él, y lo más doloroso es ver que sus adversarios en el amor son sus propios hijos! Todo es para el niño: “no me abraces que lo ven los nenes”, “deja eso para otro día que el nene está llorando”… Sin querer, se ha producido una situación de inesperado adulterio. El padre llega a ver a sus hijos como los adversarios de su amor conyugal.

Como caso extremo, conocí a una buena muchacha, ya entrada en años, que suspiraba por casarse (no recuerdo si ‘con cualquiera’), porque su gran ilusión era poder tener un hijo. ¡Y digo uno, porque era como para tener una ‘pruebita’ de cómo es eso! De hecho, se casó y tuvo el hijo.  Eso bastó para que entonces su esposo desapareciera del mapa. No le interesaba lo más mínimo.  Era como la niña que recibió de regalo una muñeca y ahora está con el juguete pa’ arriba y pa’ bajo… La pobre no tenía ni idea de lo que era la relación matrimonial. Podía haberse sometido a un laboratorio para conseguir el mismo resultado de quedar encinta. Desde luego terminó divorciada.

Lo que está en el fondo de esta actitud sería o la prolongación emocional de una sobreprotección que se recibió de los padres. O más profundamente, que no se ha entendido que la prioridad fundamental, una vez que decidiste matrimonio, debe ser tu cónyuge. Es como Julio César, cuando se decide a enfrentar al senado cruzando el río Rubicón, que era la frontera donde se le mandaba contenerse. Bien sabía que el resultado sería la guerra con Roma. Pero pronunció: “la suerte está echada”. Así debe ser el concepto nuestro del matrimonio. El cónyuge debe ser como la perla preciosa de que habla el Evangelio. Considerando lo muchísimo que valía esa perla, fue y vendió todas sus posesiones para conseguirla. Porque sabía muy bien que, conseguida esa perla, en ella recobraba lo vendido y mucho más. Es decirse como le dijo Ruth a su suegra Noemí: “donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, moriré, y allí seré enterrada”.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante