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Hay una cita que me obsesiona y suelo repetir: “Hay hombres que luchan un día y son buenos; hay los que luchan un año y son muy buenos; hay los que luchan varios años y son los mejores.  Mas hay los que luchan toda una vida y son los imprescindibles”, (B.Brecht).

Cuando me ha tocado oficiar en misa de difuntos, despidiendo a él o a ella que han cumplido 60 años de matrimonio, me digo: este es imprescindible. Necesitamos modelos que de veras han entendido su relación humana como una misión, o encargo del Buen Dios, y se sostuvieron fieles hasta el final. Es la emoción del viejito que, en medio del covid, desesperado dice que quiere ver a su esposa. Pero ella está en el home y hay veda. Insiste y logra que en el home la sienten a ella ante el cristal que separa la entrada de la calle. Sentado lo sientan al frente de Isabel, se miran, y termina el poniendo la mano en el cristal y ella poniendo la suya sobre la de él. Estos son imprescindibles.

Cuando se entiende el matrimonio como una encomienda dada por Dios a mí para que a esta otra persona la cuide, sirva, acompañe, le de vida, urge ser imprescindible. Ninguna carrera humana, aunque al principio haya sido asumida con emoción, conserva la fuerza para mantenerla en alto en todo momento. Ni el avión. Para levantarse utiliza toda la fuerza del motor.  Luego va a velocidad de crucero, o en piloto automático, y aun así se presentan turbulencias.  Se zarandea, pero no se cae. Hay que llegar al destino ¡y salvos!

Para mí es emocionante conocer a parejas que sobrevivieron tormentas humanas. Y qué maravilla que después de tanta tormenta, esa misma situación les haya fortalecido para una nueva forma de vivir matrimonio. Como en la sexta sinfonía de Beethoven suenan los truenos de la tempestad, y luego los gorjeos de los pájaros, los sonidos festivos de los pastores.

Nuestro país y nuestros matrimonios necesitan de imprescindibles. El actual presidente de México para mí lo es. Lo pienso al examinar que estuvo luchando por su visión política del país durante treinta años. Trampas de la oposición, calumnias que no aplastaban su integridad, nunca aceptó las formas violentas para llevar su mensaje, le robaron por fraude dos elecciones, necesitó fundar nuevos colectivos políticos que al final no le siguieron. ¡Y llegó a presidente! Con una visión humanista, con récord de logros nunca antes logrados en esa república, con su honestidad, que proclama su sello de vida. Ese es imprescindible.

Jesús fue el mejor modelo. La misión del Padre fue que aventara al viento su mensaje de mundo nuevo: Dios como papa, el otro como hermano, la creación regalo. Y para eso revolucionó el mundo que conoció con palabras de poder y milagros inexplicables. Pero cuando llegó la segunda parte de su misión, la del predicar con el silencio, con el dolor, con el desprecio, con perder su fama y hasta ser tenido como un blasfemo, no dio un paso atrás. Expresó su dolor como humano; nosotros lo expresamos fuera demasiado. Gritó al Padre por otro plan “dame el plan B”. Pero era el plan A y así subió a la Cruz y nos abrió la gloria. ¡El mejor imprescindible!

Pido al Señor imprescindibles en la vida pública de este país: no los que buscan puestos para gloria y lucro, sino para servicio y luego anonimato. Pido matrimonios así: los que ante la pareja puedan decir como Martí: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”. ¡Padre, dale a este país matrimonios imprescindibles!

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante