Lo que permaneció 

El año que termina no se deja resumir con facilidad.No fue un tiempo de respuestas definitivas ni de soluciones rápidas. Fue, más bien, un año vivido paso a paso, con la conciencia clara de que la fe no elimina las dificultades, pero sí ofrece un modo distinto de atravesarlas. 

Como Iglesia en Puerto Rico, caminamos durante 2025 con el peso de una realidad compleja y persistente. Las preocupaciones del país no desaparecieron, los desafíos sociales continuaron reclamando atención y muchas familias siguieron haciendo malabares para sostener lo esencial. Sin embargo, en medio de todo eso, algo permaneció. 

Permaneció la comunidad que se reúne, aun cuando el cansancio aprieta. Permaneció la parroquia que abre sus puertas cada semana, el ministro que acompaña sin ruido, el laico que sirve sin reconocimiento. Permaneció la oración sencilla, repetida quizá sin palabras nuevas, pero cargada de confianza. Permaneció una Iglesia que no dejó de estar presente, incluso cuando no tenía respuestas claras. 

No fue un año perfecto, y tampoco lo fue nuestra vivencia eclesial. Hubo límites, tensiones, silencios incómodos y procesos que avanzaron más lento de lo esperado. Pero también hubo fidelidad. Una fidelidad discreta, sin titulares, que sostuvo la vida pastoral, elservicio y la misión. Esa fidelidad no nace del entusiasmo pasajero, sino de la convicción profunda de que el Evangelio se vive en lo cotidiano. 

En 2025 aprendimos, quizá una vez más, que la esperanza cristiana no se apoya en resultados inmediatos ni en escenarios ideales. Se apoya en la certeza de que Dios camina con su pueblo, incluso cuando el camino es cuesta arriba. Se apoya en la decisión diaria de seguir cuidando, acompañando y creyendo, aun cuando no todo encaje. 

Mirando el año que concluye, no es necesario enumerar acontecimientos para reconocer su valor. Basta con recordar los gestos pequeños que sostuvieron lo grande: una visita oportuna, una palabra que consuela, una comunidad que persevera, una fe que no se apaga. Ahí se fue escribiendo, sin alarde, una historia de esperanza. 

Al cerrar este año, no lo hacemos desde la nostalgia ni desde la ansiedad por lo que vendrá. Lo hacemos desde la gratitud. Gratitud por lo vivido, por lo aprendido y por lo compartido. Gratitud por una Iglesia que, con todas sus fragilidades, siguió caminando junto a su pueblo. 

Lo que fue, lo ponemos en manos de Dios. Lo que viene, lo esperamos con serenidad. Y mientras tanto, seguimos caminando, confiando en que aquello que permaneció seguirá dando fruto. 

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