Debemos reflexionar que hay cosas que todo el dinero en el mundo jamás podrá comprar en la vida. Cuántas veces observamos cómo en nuestro entorno socio-económico que casi todo se mide, se valora y cuantifica en términos de dinero. Sin embargo, no valoramos que el alcance del dinero no puede, ni podrá satisfacer aquellos aspectos intangibles de valor incalculable para la esencia en la vida. ¿Nos hemos detenido a pensar cuánto vale, en dólares y centavos, el amor; la ternura, la fidelidad; un abrazo, la felicidad; la dimensión de los sentimientos? Pensando con detenimiento, podemos llegar a la conclusión que el dinero jamás podrá comprar lo que constituye la esencia de la vida. Entre otras cosas: el amor; lo que vale el toque de un abrazo; la verdadera amistad; la paz; el sueño reparador; la tranquilidad; la salud; la felicidad…
Lo antes expresado no quiere decir que el dinero no sea necesario en nuestro entorno diario. Pues, sabemos que éste resulta vital para el sustento y bienestar dentro de nuestro entorno socio-económico y comercial. Negarlo sería engañarnos a nosotros mismos; pero, ello no justifica que el dinero se convierta en el epicentro de nuestra vida. Asunto que, desafortunadamente, puede llegar hasta apartarnos de nuestra familia y otras personas queridas. El hecho de sólo pensar en “tener y tener dinero”, sin importar cuántas horas dedicas al día causa dejar a un lado responsabilidades como es atender, estar presente y disfrutar en familia con cónyuges; hijos e hijas; padres y madres ancianos que merecen atención y necesitan; junto a otras personas que, de alguna manera, tocan y dejan huellas en nuestra vida.
Dedicar tiempo para amar, atender, departir, disfrutar con otras personas de una comida sencilla en abrazo y unión, no tiene precio, ni comparación alguna de ingerir la misma en algún establecimiento de cinco estrellas. Aunque no se crea, puede llegar el momento de que se nos haga tarde para reponer el tiempo perdido, no dedicado a nuestros seres queridos. Si únicamente pensamos en las riquezas materiales, estamos perdidos en vida. La ambición desmedida hacia el dinero llega a ser malsana y hasta nuestro peor enemigo. Quien sólo se dedica a trabajar siete días a la semana, horas y horas corridas, descuida el valor de la familia y otras responsabilidades consabidas para las cuales debemos estar comprometidos como hijos de Dios acorde a su doctrina. La familia es la pequeña iglesia… es el Amor hecho vida… Bendición que Dios nos legó para amar y ser amados en esta vida.
No hay riqueza, en este mundo, comparable con el valor de pertenencia que nos brinda una familia unida; seres que nos aman, cuidan y respaldan de forma incondicional, tanto en penas y alegrías. El dinero no podrá comprar la bendición de una vida al amparo de ese lazo intangible de amor, como el que nos une en ese abrazo infinito, que sólo podemos aquilatar junto a tantas personas queridas, presentes a lo largo de nuestros días.
Sandra S. Rivero
Para El Visitante



