Hay momentos en el Evangelio donde el corazón de Dios se revela sin velos. La escena de
Lázaro en Betania es uno de ellos. Y hoy, también nosotros podríamos decir: “Señor, tengo algo
que decirte sobre Lázaro…” Porque Lázaro no es solo un personaje del pasado.
Lázaro es: el enfermo que se apaga lentamente, el pecador que siente que su vida está encerrada
el sacerdote cansado, la Iglesia herida por sus propias fragilidades, el corazón que ha perdido la
esperanza.
El Evangelio dice que Jesucristo lloró. Antes de resucitar, lloró. Dios no es indiferente ante la
tumba. Dios no pasa de largo frente al dolor. Dios no espiritualiza el sufrimiento. Llora. Esto
significa que ninguna herida nuestra le resulta ajena. Ninguna muerte —física, moral o
espiritual— lo deja frío. Tal vez hoy queremos decirle: “Señor, mira nuestras tumbas.” Y Él
responde primero con lágrimas, no con discursos. Antes del milagro, Jesús pide un gesto
humano:
“Quiten la piedra.” Hay piedras que Dios no quita solo. Nos toca a nosotros:la piedra del
miedo, la piedra del encubrimiento, la piedra del desaliento, la piedra del pecado no confesado,
la piedra de la resignación pastoral. El milagro comienza cuando colaboramos.
Jesús no grita al vacío. Llama por el nombre. La voz de Cristo es más fuerte que el olor de la
muerte. Más fuerte que cuatro días de oscuridad. Más fuerte que cualquier historia que parezca
cerrada. Cuando Cristo llama, la vida responde. Tal vez hoy esa palabra es para nosotros: “Sal
fuera de tu tristeza.” “Sal fuera de tu rutina.” “Sal fuera de tu mediocridad.” “Sal fuera de tu
miedo.”
Hay un detalle más…La resurrección no termina con salir del sepulcro. Aún hay vendas. Esto
es profundamente eclesial: Jesús devuelve la vida, pero la comunidad ayuda a desatar. La Iglesia
está llamada a ser comunidad que desata: desata culpas, desata heridas, desata procesos de
conversión, desata historias paralizadas. No basta con proclamar la vida; hay que acompañar el
proceso.
Lázaro nos enseña tres cosas. Cristo entra en nuestras muertes. Cristo nos llama por el nombre.
Cristo nos devuelve a la misión. Porque Lázaro no resucita para quedarse en casa.
Resucita para ser signo. Y nosotros también.
Oremos: Señor Jesús, si hay algo muerto en mí, llámalo por su nombre. Si hay piedras que debo
quitar, dame valentía. Si hay vendas que aún me atan, envíame hermanos que me ayuden a
desatarme. Y cuando escuche tu voz, haz que no me acostumbre al sepulcro.



