Dicen que la palabra suegra se dice en ruso storbo. Son muchos los chistes contra las suegras. Como el que explica qué es ‘tener sentimientos encontrados’: “Es ver a tu suegra caer por el despeñadero dentro de tu nuevo BMW”. O el que sentencia: “Madre no hay más que una; suegras también, pero parecen más”. Claro, cuando uno está de buenas le encuentra risa a todo, y más cuando algo le ha amargado. Tal vez la mala prensa de la suegra se deba al comportamiento importuno de algunos suegros. ¿En qué pienso? En los suegros que no acaban de comprender que ya finalizó la responsabilidad y dominio que ejercían sobre sus hijos; que ya llegó el momento de que la reinita despliegue sus alas y vuele por sí misma.  Son los suegros que siguen detrás de su nene, o su nena, no tanto aconsejando sobre situaciones de la pareja, sino imponiendo su parecer sobre ella. Ese sería un defecto. Pero también cuando la nena, o el nene, no acaban de destetarse de su anterior familia y siguen añorando… “Ay, si las habichuelas te quedasen como las de mami”.

O sea, ser suegros no es cosa negativa, y declararse como tales. El malo es el entrometido. En la instrucción que damos a los novios durante el taller prematrimonial, escenificando la celebración de una boda, padre y madre entregan a la novia, y la madre le dice a su hija: “Hija, hoy termina nuestro trabajo en hacer de ti una mujer total; nosotros pasamos a un segundo plano; aquí estaremos para lo que nos necesiten, al emprender este nuevo hogar; tu esposo será ahora el número uno, nosotros pasamos a un segundo plano, y les deseamos desde aquí el mayor triunfo”. Buena manera de definir la nueva relación de los padres con esos que comienzan un nuevo hogar, llevándose de nuestro fuego (eso es hogar) lo necesario para encender su propio fuego.

Pero conozco suegros que han sido maravillosos. ¡Y son necesarios! Porque los suegros son los abuelos de los niños. Y un niño sin abuelos es una planta sin agua. No son abuelos para sustituir a los padres, a quienes toca la responsabilidad de la disciplina y cuidado. Son abuelos para darle al niño una ternura, que tal vez no les dieron a sus propios hijos por escrúpulos en la disciplina, y otros errores en sus contratiempos. Ahora son abuelos; no les toca responder por el niño. Son más bien la cama blanda, no la silla dura del pupitre. Como decía un niño: “¡Qué blanditas son las abuelas!”.

Hace poco discutíamos en la emisora la X sobre el papel de los abuelos. Alguien decía que utilizaba a la abuela, la suegra, para cuidar los niños, y le pagaba un sueldo por ello. No comprendía el caso. Si la suegra cumple ese oficio, como ayuda a sus hijos, y al mismo tiempo tiene unas necesidades económicas, se les paga, pero no un sueldo. El amor no se paga. Y la función de la abuela es dar cariño, y apoyar a su hija, o hijo, que pasan una necesidad a la que los suegros pueden proveer, sin daño propio, claro. En este país hay muchos abuelos que se han encargado del cuido y educación total de niños, pero eso no puede ser la norma, sino la excepción. A falta de pan buenas son tortas.

Conozco suegras que, en momentos de grave crisis en la pareja, fueron la medicina suave para tragar la situación, buscándole una solución sensata. Son suegras que, para ese yerno, o nuera han sido como una nueva madre. Unos chuscos relajan con que San Pedro se molestó con Jesús, porque le curó a la suegra. Pero en el texto de Marcos la suegra, al vencer la fiebre, se puso a servirles. Su salud la utilizó para servicio de Jesús y de los amigos que le acompañaban.  Esos son los suegros suplemento perfecto en la composición del nuevo hogar. Para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita. La chiquita serán esos suegros que actúan como el San José en la pintura de la Virgen de la Altagracia: está en el fondo, con la vela en la mano, a ver qué necesita nuestra Señora.

(P. Jorge Ambert, SJ)

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