La sencillez

Podría haber un lugar, tal vez situado en la ciudad del sol que imaginó Tomás de Campanella, donde reinara plenamente la sencillez del Evangelio. Allí estarían prohibidas las coronas, aún las de laurel, los abrigos de visón, los anillos de diamantes, los títulos honorarios, las condecoraciones, los superlativos, los panegíricos, las habladurías, las procesiones que no sirvan para expresar la fe comunitaria, los doctorados «honoris causa», el antiarte, los ruidos estridentes, las boutiques y los pavos reales.

No se prohíben las pizarras, las flores campesinas, las chirringas , el algodón de azúcar, la risa de los niños, ni tampoco los trompos de colores. Los habitantes de aquel pueblo serían simples, nobles, igualitarios, fraternales, capaces de reconocer sus errores, llenos de entusiasmo ante la vida y ante el progreso. Auténticos y agradecidos hijos e hijas de Dios. Allí el Señor revelaría a diario «estas cosas» a cada uno de los hombres, con esa intensidad serena del sol, de la lluvia, del viento que barre las nubes.

Pero esto no es una novela futurista. Estamos únicamente suponiendo que el Evangelio se vuelve realidad. El Señor acostumbra a esconder sus secretos a los sabios y entendidos y revelarlos a la gente sencilla. No está Dios en contra de la ciencia, de la civilización, del progreso. Pero sí está en contra de la gente complicada, doble y suficiente, que tiene el corazón lleno de intenciones torcidas. De disimuladas ambiciones. En los párrafos anteriores de este mismo capítulo de San Mateo, Jesús se ha quejado de una gente afectada que no quiere recibir su enseñanza: los que no habían escuchado a Juan Bautista, los habitantes de Corozaín y de Betsaida, herméticos ante el mensaje, a pesar de los milagros. Dice un autor que Dios no se revela a quienes son como una casa sin ventanas.

Necesita más aire. A aquellos de corazón abierto les regala su ciencia escondida, a veces intraducible en palabras humanas. Con ella podemos interpretar la vida, darles sentido a los diversos acontecimientos, dirigir el hogar, comprender al prójimo, superar los problemas y aún hacer de los propios pecados una escalera para subir al cielo.

Padre Obispo Rubén González

Obispo de Ponce

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