El Evangelio de hoy comienza con una pregunta que muchos aún se hacen: “Señor, ¿serán
pocos los que se salven?” No es una pregunta insignificante. Es una de esas preguntas
existenciales que surgen cuando pensamos en la vida eterna, en el sentido de nuestras luchas
diarias, en la esperanza de un día llegar al cielo. Y sin embargo, Jesús no responde directamente
con números, porcentajes o estadísticas. Su respuesta es otra:
“Esfuércense por entrar por la puerta estrecha…”
Jesús nos está diciendo que la salvación no es algo automático ni superficial. No basta con
“haber estado cerca” de Él. No basta con decir “yo fui bautizado”, “yo iba a misa”, “yo estaba en
un grupo”. La puerta es estrecha, no porque Dios quiera poner obstáculos, sino porque requiere
que pasemos sin cargas, sin orgullo, sin doble vida, sin egoísmo.
Entrar por la puerta estrecha significa vivir el Evangelio con coherencia: Amar al prójimo,
incluso cuando cuesta. Perdonar de corazón. Ser justo en el trabajo. No ser cristiano solo de
nombre, sino de hechos. Jesús también advierte: llegará un momento en que la puerta se cierre.
No lo dice para meternos miedo, sino para despertarnos. La fe no se improvisa a última hora; se
vive y se cultiva día a día.
Hay una frase que golpea el corazón: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en
nuestras plazas.” Es como decir: “Señor, yo te conocía… ¡estuve en tu Iglesia!”
Pero la respuesta es fuerte: “No sé de dónde son. Aléjense de mí, todos ustedes que hacen el
mal.” No basta con estar cerca de Jesús si nuestra vida no cambia. Dios no se deja
impresionar por ritos vacíos o palabras bonitas. Él busca un corazón sincero, humilde,
transformado por el amor. La verdadera cercanía con Cristo se demuestra en la vida cotidiana: en
cómo tratamos a los demás, en cómo actuamos cuando nadie nos ve, en si somos
misericordiosos, íntegros, generosos.
Ahora bien, el Evangelio no termina en tono oscuro. Jesús nos deja una gran esperanza:
“Vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el
Reino de Dios.” ¡Qué maravilla! Dios no excluye a nadie. La puerta es estrecha, sí, pero está
abierta para todos. No hay límites geográficos, sociales o culturales. Lo importante no es de
dónde vienes, sino cómo respondes al llamado de Dios.
Y termina con esta frase que nos debe llenar de esperanza y también de humildad:
“Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.” Dios mira el corazón, no
las apariencias. Puede que alguien que parezca “último” en este mundo —un pobre, un
marginado, un pecador arrepentido— esté más cerca del Reino que nosotros. No nos creamos
seguros por pertenecer a la Iglesia; vivamos como verdaderos discípulo

La salvación
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