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Durante su Pontificado, el Papa Francisco ha acuñado una frase para representar la actitud de la sociedad moderna de utilizar y desechar todo, inclusive a otras personas: La cultura del descarte. Esta tendencia considera a la persona como un objeto, cuyo valor depende de su capacidad para producir. Se manifiesta en muchas tendencias actuales para justificar actos como el aborto, la eutanasia, la trata humana, el mercado de órganos humanos, etc. Hacerse partícipe de estas actitudes es negar la dignidad humana y contradice al Evangelio.

La Doctrina Social de la Iglesia, firme defensora de la dignidad de toda persona establece que la dignidad del hombre es intrínseca a su naturaleza. Es una dignidad inalienable, que tiene su garantía en el designio creador de Dios. Esta visión de la persona humana, que se nos es revelada por Dios a través de las escrituras, adquiere la realización plena en los misterios de la redención, por medio de Nuestro Señor Jesucristo. (CDSI 38) 

En la Declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Dignitas Infinita, emitida el 8 de abril de 2024, se establece: “La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta identidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia. (DI, 1)   San Juan Pablo II, en su Discurso ante la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana (1979), afirma que la dignidad humana es un valor evangélico, que no puede ser despreciado sin grande ofensa al creador. Por eso, recalca San Juan Pablo II: Si la Iglesia se hace presente en la defensa o en la promoción de la dignidad del hombre, lo hace en la línea de su misión, que aún siendo de carácter religioso y no social o político, no puede menos de considerar al hombre en la integridad de su ser

A pesar de que el reconocimiento de la dignidad del hombre se manifiesta universalmente y se consigna en la Declaración de Derechos Humanos presentada por la Organización de las Naciones Unidas, en el mundo contemporáneo, señala el documento del Dicasterio citado anteriormente, podemos identificar muchas violaciones de la dignidad humana. Una de estas violaciones ocurre contra las personas discapacitadas.  La discapacidad, ya sea el resultado de factores congénitos, enfermedad, accidentes o edad coloca a las personas en posiciones de vulnerabilidad. La Iglesia solicita que, en respeto a la dignidad de los discapacitados, se debe fomentar la inclusión de estas personas y su participación en la vida social y eclesial. (DI, 53)  

La ausencia de mecanismos que permitan promover la contribución de personas enfermas o discapacitadas en la vida social y política de un país es una grave afrenta a la dignidad de estas personas.  Un primer paso es desarrollar sensibilidad hacia los grupos humanos que son más frágiles e identificar medios para hacer más accesibles a éstos, alternativas para realzar su propia dignidad. Respetar su dignidad significa tomar, no una actitud paternalista, sino abrirnos a todas las posibilidades de que ellos contribuyan con ideas, planes y con su propia experiencia a mejorar las condiciones de vida de la sociedad. 

La Iglesia nos exhorta a que el respeto por la dignidad humana se coloque en el centro del compromiso por el bien común. Es imperativo entender que la dignidad de la persona no radica en sus cualidades físicas, culturales, sociales o religiosas. Nuestro compromiso cristiano es respetar esa dignidad, protegerla y reclamarla independientemente de las circunstancias o limitaciones que enfrentemos. 

El Papa Francisco, en su Encíclica Laudato Si, nos hace un llamado a defender la dignidad que posee cada uno de nosotros: “a cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle.” (LS 205) En respuesta a ese llamado el discapacitado, en la medida de sus potenciales, debe esforzarse por hacer valer esa dignidad, reconociendo lo que puede aportar a la sociedad y a la Iglesia y no limitando su contribución a construir un mundo más humano. 

(Puede enviar su comentario al correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com).

Nélida Hernández

Consejo de Acción Social Arquidiocesano