La humildad 

El libro del Sirácida, o Eclesiástico, alaba, entre otras virtudes, la virtud de la humildad. 

El Autor de la Carta a los Hebreos, le recuerda a los cristianos que nos son adoradores de los elementos de la naturaleza, sino que son adoradores del Dios de Israel. 

A través de esta parábola del Evangelio de San Lucas, Jesucristo critica a los engreídos y alaba a los humildes. 

A pocos meses de yo entrar al seminario, tenía 18 años, estaba yo en mi parroquia, rezando a solas.  Tuve deseos de arrodillarme, pero me sentía tan cansado que me excusé al Santísimo, pensando que ya yo había dado mucho a Dios.  En ese momento, entró a la iglesia la abuelita de unos de mis compañeros de la escuela y estaba cojeando.  Tenía casi ochenta años.  Le pregunté como estaba y me compartió que tenía un fuerte dolor de rodillas porque se le había vaciado el líquido de las rodillas.  Me dijo: “El doctor me prohibió arrodillarme porque me iba a lastimas y causar mucho dolor.  Pero, eso no es nah; yo se lo orezco al Señor”.  Me sentí chiquitito y pensé para mí, “Tierra, trágame”. 

¿Qué es humildad?  Para Santa Teresa de Jesús, la humildad es “andar en verdad”: es el conocimiento y la aceptación de la realidad de uno mismo y de Dios, que implica reconocer la propia miseria y la grandeza de Dios, lo que lleva a la confianza en Él y a la aceptación de sus dones, sirviendo como la base para todo crecimiento espiritual y no como un sentimiento de apocamiento o falsa modestia.   Humildad es reconocerse a sí mismo, y las lecturas de hoy son tan claras al respecto, que no necesitamos discutirlas.  En la espiritualidad cristiana, el humilde es aquél que se reconoce como hijo de Dios, ni más ni menos, Esto le hace ver a los demás como hijos de Dios también, de que todos somos parte de una familia, la de los hijos de Dios, y que el hermano no es menor que uno, sino igual que uno.  El humilde es aquél que le sirve a los demás y, en un momento dado, se deja servir por los demás. 

Estamos claros que el soberbio y el engreído no es humilde.  Pero, también está lo que se reconoce como la falsa humildad, el creernos peor que los demás, que no servimos, que no somos amados por Dios.  Es la persona que no ayuda a los demás, ni siquiera a sí misma, y que busca que se le tenga pena.  Nadie tiene que sentir pena de nadie: todos poseemos la gracia de Dios, poseemos talentos dados por Dios y el Todopoderoso quiere que nosotros seamos sal de la tierra y luz del mundo, que florezcamos y fructifiquemos.  De esta premisa parte la parábola de los talentos, en la que el que no hizo nada por el talento dado, se le quita y se le destina al lugar del “llanto y rechinar de dientes”. 

¿Cuántas veces veo gente en la parroquia que tiene talentos, como lector, cantor, etc. y, cuando les pido que los compartan me vienen con no?  Cuando les pregunto por qué no, me contestan que no son dignos.  Yo siempre les digo, “Yo sé que tú no eres digno, como tampoco yo soy digno de ser sacerdote, pero Dios te llama porque te ha adornado con unos talentos.  Úsalos, sino tendrás que darles cuentas a Dios.”   

Celebra que eres amado, amada de Dios.  Pero, celébralo con tus hermanos y hermanas, que también lo son. 

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