LA GRAN NOTICIA PASCUAL, “CRISTO HA RESUCITADO”

¡Pueblo de Dios! ¡Hermanos míos! Ha llegado el gran momento, la culminación de la Pascua del Señor. La Cuaresma fue un largo camino de preparación; la Semana Santa, una semana de recogimiento espiritual, de celebraciones litúrgicas densas, devociones y peregrinaciones con orientación pascual. Así, llegamos al Triduo Pascual con la Cena del Señor, seguido de la oración y contemplación de la Pasión del Señor y su muerte en la Cruz.

    • De la mano de la Virgen Madre, en silencio colmado de fe y de esperanza, llegamos a la Solemnidad de la Pascua del Señor. Hoy es la gran Noche en la que se disipan las tinieblas, donde la Palabra creadora y salvífica de Dios Padre encuentra plenitud de cumplimiento en Cristo, que vence la muerte y se levanta del sepulcro. El Cristo Resucitado nos anuncia que está vivo, nos invita a no tener miedo, a llenarnos de fe y esperanza, y a seguirle constituyendo su comunidad discipular misionera. Es el culmen de la Pascua del Señor.

    En la Cena Pascual de Jesús con sus discípulos, nos anunciaba su presencia sacramental en el Pan y el Vino, convertidos en su Cuerpo y Sangre. Cargando la Cruz y muriendo en ella, no hizo alarde de prerrogativa alguna, aunque sí manifestó su reinado y su divinidad en el rostro humano más humillado y despreciado posible. En esas condiciones nos siguió invitando a creer en Él y seguirle, a amarnos y perdonarnos, y a cumplir la voluntad del Padre llenos de fidelidad y de amor.

      • Finalmente, llegamos al gran acontecimiento pascual: el odio y la muerte no tienen la última palabra. Se produce algo impensable para la mente humana, algo inaudito, a lo que solo podemos acceder por la fe y el amor que Dios pone en nuestros corazones: pasar de la muerte a la vida y abrir el sepulcro de la muerte con el poder de Dios. “De pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajado del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima… Los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos”. El ángel dijo a las mujeres que buscaban el cuerpo crucificado de Jesús: “No teman”, “No está aquí”, “Ha resucitado”; “vean el lugar donde estaba: está vacío”; “vayan a prisa a comunicarlo a sus discípulos”.

      Estas mujeres se convierten en las primeras creyentes y testigos de la Resurrección, y en las primeras enviadas a anunciar la resurrección del Señor. La resurrección es el gran acontecimiento culmen de la historia de la salvación. Este es el gran acontecimiento de nuestra fe. El Crucificado se convierte en el Hombre Nuevo para la creación, el que dio cumplimiento a todos los llamados y enviados por Dios para la salvación, una historia de fe que comenzó con Abraham.

        • Cristo resucitado es el nuevo y definitivo liberador de toda esclavitud, del pecado y de la muerte. Es en quien se realiza y se cumple la nueva alianza anunciada por los profetas para reunirnos y darnos corazones y espíritus nuevos, y construir un pueblo nuevo a través del bautismo: un reino de hijos e hijas de Dios que le escuchan y cumplen su palabra, amándose y sirviéndose unos a otros.
        • El Hijo de Dios, que asumió nuestra condición humana con su Encarnación y vino al mundo a enseñarnos a vivir como verdaderos hijos e hijas de Dios, ahora se levanta de la muerte y resucita, venciendo el odio y el pecado del mundo. Su resurrección nos llena de su luz en medio de la oscuridad del mundo, de vida nueva que ya nada ni nadie nos podrá quitar, de una paz incuestionable y de alegría salvífica colmada de esperanza. Es el gran acontecimiento de nuestra fe. La resurrección de Cristo transforma todo, nos recrea y nos renueva.

        Jesús es fuente de vida. Nos alcanza la vida, y una vida nueva que no se agota. Al vencer la muerte, el Resucitado nos abre una fuente de vida nueva que no se agota. Por eso dijo a sus discípulos: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”, Jn 10,10. Así lo entendió el buen ladrón. Vida nueva que ofrece a sus discípulos y en la que, a través del bautismo, nos sumergimos y nos arropa. Vida nueva que pone en nuestros corazones para irradiarla, compartirla y llevarla por todas partes. Luego, ¿cómo podemos vivir tranquilos cuando vemos tantas personas sin vida, sin entusiasmo, sin sentido, o derrochándola o quitándosela a los demás a través del maltrato, la violencia y las injusticias? Así no podemos vivir tranquilos. Conocemos la fuente de vida, y es Cristo Resucitado. Allí donde falta vida, hay que llevarla. Miremos hogares, familias y comunidades pobres, y diversas realidades sociales. Si falta vida, es porque Jesús está ausente. Pero a los que le siguen y hacen su voluntad, nos dice al celebrar su Pascua: “Vengan a mí, ustedes que son benditos de mi Padre”, Mt 25,34.

          • También el Resucitado es una fuente de amor inagotable. Recordemos su mandato de amor: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”, Jn 13,34-35. Jesús vence la muerte amando a Dios Padre con total fidelidad y entrega a su proyecto de salvación; amándonos hasta el extremo, lo asume en la Cruz y muere, pero resucita. En esa Pascua vive el amor más radical a Dios Padre y a la humanidad entera. Sin amor, el ser humano no llega a ninguna parte. Es un elemento fundamental en nuestra vida humana y cristiana. Solo hombres y mujeres que experimentan el amor de Dios y que aman a sus semejantes, es decir, llenos de ese amor que brota de Cristo Resucitado, pueden irradiar el verdadero amor como fuerza vital y transformadora. Ese amor “cristificado” nos convierte en instrumentos de vida cuando hay tantos sepulcros de odio y violencia a nuestro alrededor. Es el amor de Cristo que dignifica y nos hace valorar y cuidar a los otros como personas amadas, hijos e hijas de Dios Padre. Es justo lo que necesitamos en nuestra sociedad colmada de odios, violencias y discrímenes. Es el amor que necesitamos para mantener matrimonios estables y familias sanas. Es el amor necesario en nuestros corazones para servir al caído y al pobre, en actitud de buen samaritano. Recordemos al papa Francisco, que nos decía: “la gran enfermedad de esta sociedad actual es la falta de amor”.
          • Finalmente, entendamos que Cristo Resucitado nos llama a la comunión fraterna y solidaria, porque Él también es fuente de comunión. Lo había pedido al Padre en su oración sacerdotal: “Te pido que todos sean uno, así como tú y yo somos uno, … para que el mundo crea…”, Jn 17,21s. No es de extrañarnos que envíe a las mujeres, que constataron su resurrección, a la comunidad de discípulos. Luego se les aparecerá, les confirmará en la fe, y los enviará a dar testimonio y llevar la Buena Nueva por todas partes, pero como comunidad de discípulos. A Pedro le encomienda cuidar esa comunidad y mantener la comunión entre ellos. Sin comunión, no podemos evangelizar. En este mundo herido y abrazado por tanta dispersión y aislamientos egoístas, no olvidemos que Jesús es fuente de comunión y la encomendó a sus discípulos. Por algo, la sinodalidad misionera se convierte en signo profético de nuestra época. No puede haber familias sanas y estables si falta la comunión en el amor y la vida nueva que brotan de la resurrección del Señor.
          • Cristo ha resucitado. El sepulcro está vacío. “Vayan por todas partes y comuniquen esa Buena Nueva. Su oferta de vida, de amor y de comunión es para todos, y hay que comunicarlo”. ¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN! ¡Y A DECIR A TODOS QUE EL CRUCIFICADO ESTÁ VIVO Y VIVE PARA SIEMPRE! ¡FELICIDADES!

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