En el marco del Quinto Domingo de Cuaresma, el pasado sábado 21 de marzo se celebró la cuarta edición del Vía Crucis del Migrante en el balneario de Isla de Cabras, en Toa Baja. A pesar de una tarde marcada por la lluvia, decenas de fieles —entre ellossacerdotes, diáconos, religiosas, familias, jóvenes y niños— se dieron cita para recorrer las estaciones del camino de la cruz en un profundo ambiente de recogimiento, oración y solidaridad.
Esta iniciativa, que ya se ha convertido en una expresión significativa de la pastoral social de la Iglesia arquidiocesana en Puerto Rico, tuvo como intención principal orar por los migrantes, especialmente por aquellos que han perdido la vida en el mar en busca de un futuro mejor. Cada estación del viacrucis se convirtió en un espacio de contemplación del sufrimiento humano, enlazado con la pasión de Cristo, haciendo visible el dolor de tantos hermanos y hermanas que cargan hoy con su propia cruz.
La presencia del arzobispo de San Juan, Roberto González Nieves, dio un tono pastoral y profético a la jornada. En su mensaje, profundamente marcado por el Evangelio proclamado ese día —el relato de Jesús ante la muerte de Lázaro—, el prelado destacó la humanidad de Cristo que se conmueve y llora ante el sufrimiento. “Jesús lloró”, recordó, subrayando que estas palabras revelan no solo la divinidad, sino también la cercanía de Dios con el dolor humano.
En esa misma línea, Mons. Roberto hizo una analogía directa con la realidad migratoria actual, señalando que así como Jesús lloró por su amigo, también hoy “llora desde el cielo por nuestros hermanos y hermanas inmigrantes” . Sus palabras resonaron con fuerzaentre los presentes, especialmente al referirse a aquellos que viven con miedo, escondidos o inseguros ante sistemas migratorios que requieren una mirada más justa y humana.

El viacrucis, explicó el arzobispo, no es solo una devoción, sino una oportunidad para contemplar el sufrimiento de Cristo en los rostros concretos de quienes hoy padecen. En este caso, en los migrantes que atraviesan peligros, discriminación, pobreza y, en muchoscasos, la muerte. A través de esta experiencia, los fieles no solo oran, sino que también son llamados a una conversión del corazón que los lleve a la acción solidaria. A lo largo del recorrido, las estaciones fueron marcadas por meditaciones que integraban la realidadmigratoria con el camino de Jesús hacia el Calvario.
La jornada concluyó con una oración comunitaria y la bendición final, dejando en el corazón de los presentes un llamado claro: no permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los migrantes. Como recordó Mons. Roberto, las lágrimas de Cristo no son solo expresión de dolor, sino también de esperanza, pues buscan “sanar nuestras heridas y darnos nueva vida” .
Así, el Vía Crucis del Migrante se reafirma como un signo profético en la Iglesia puertorriqueña: un recordatorio de que la cruz de Cristo sigue presente en el mundo y que estamos llamados a cargarla junto a los más vulnerables, caminando con ellos hacia la esperanza de la resurrección.



