Es innato del ser humano y parte inseparable de su condición limitada el querer poder. Gran satisfacción personal constituye el descubrirse capaz de poder. Es así como se va capacitando para la etapa de “individuación” de la cual habla Carl Jung. Llega a conocerse como agente independiente de su propio desarrollo y destino. Madurez se mide por la capacidad de cada uno de admitir conscientemente que su individualidad es importante, pero limitada. Su independencia es relativa y siempre sometida a los acondicionamientos de las circunstancias. El “enfant terrible” es una expresión en francés, de sentido figurado, que se refiere a una persona precoz, brillante, rebelde y transgresora, cuyas opiniones y creaciones se apartan de la ortodoxia, son innovadoras o de vanguardia. De ese “enfat terrible” todos tenemos un poco.

El crecimiento normal incluye una imitación de los modelos que rodean al infante.  Hemos aprendido que los determinantes de nuestra identidad y personalidad se pueden detallar en tres aspectos generales de la condición humana. Aún a riesgo de ser simplista, pudiésemos mencionarlos como los genes, las experiencias vividas y lo que cada uno decide hacer con esas experiencias.

Los genes predeterminan nuestro físico, (género, tipo de piel -blanca, negra, etc.; constitución física …

Las experiencias vividas es el cúmulo de lo que nos toca vivir desde la niñez, el medioambiente económico, político, religioso; propiamente el escenario social (e.g. el campo, la ciudad, etc.)

Lo que cada uno decide hacer con las experiencias vividas. Nadie es esclavo de las circunstancias que le toca vivir, sean buenas o malas. Se impone el poder de tomar decisiones y eso depende de la madurez de cada cual. No existe un “designio” ya determinado que nos acondicione a ser un tipo de persona en particular. De esas experiencias vividas es que se forja el carácter y la personalidad.

Nótese que existen diferentes escuelas de pensamiento psicológico. Algunos, particularmente los discípulos de Sigmund Freud, quienes son “deterministas” o fatalistas. Señalan que, dadas las variantes de las experiencias, el ser humano no tiene opción. Las experiencias del trasfondo histórico son incambiables y forjan al ser humano tal y como es. Otros son de la escuela conocida como “voluntaristas”, que afirman que el ser humano puede cambiar su condición humana, tomando en cuenta su firme decisión de luchar por unos ideales y metas diferentes a las cuales le tocó vivir.

Desde la perspectiva del Evangelio de Jesucristo, nadie es “víctima de la vida”.  Por fuerza de la fe y sus convicciones todos tienen el poder de decidir su vida y su destino. (“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” [II Cor 12:10]. Esa fuerza del poder es la que muchos no han descubierto. Se basa en la capacidad de razonar, cuestionar, analizar y decidir en cada situación desafiante.  Todo conflicto se presenta como una oportunidad de superación personal o de claudicar y sentirse indefenso. La fuerza del poder es ilimitada, siempre y cuando que el individuo desarrolle la capacidad de creer en sí mismo y sentirse competente.  Su entusiasmo y tesón son los que marcan sus logros. Añádase la fuerza moral que sostiene su credibilidad ante sí mismo y ante los demás. Autoridad no es otra cosa que el don de integrar la fuerza moral con la posición que concede poder. Por ejemplo, un político, figura pública o religiosa, puede tener autoridad por su posición, pero no por su actuación y comportamiento.  Si hay algo que desespera al ser humano, es la mortificación de alguien que tiene el poder de la autoridad, pero no la merece ni es capaz de manejarla. No tiene fuerza moral alguna.

De ahí que se pueda hablar del poder de la fuerza. Este se fundamenta en la capacidad de persuasión, habilidad impactante de un carácter admirable y admirado. Es la convergencia de virtudes, integridad, personalidad maleable, actitud de docilidad genuina y una apertura a la vida. El poder de la fuerza no es algo tangible ni cuantitativo. Impacta en proporción directa a lo genuino y auténtico de la persona. El poder de la fuerza no es fácil de desarrollar. Es tarea de toda una vida, que aflora impresionantemente en personas que son atractivas y atrayentes. El poder de la fuerza es un imán que cautiva, que inspira, que agrada.  No, no es fácil de explicar verbalmente, pero se siente a manera innegable.  Se palpa tan pronto se hace presente.

Uno de los componentes del poder, no siempre tomados en cuenta, es la capacidad de trascendencia de la persona. Es común hablar de una personalidad que por su espiritualidad es impactante. ¡Eso es tener poder! Sin embargo, la espiritualidad usualmente se refiere a la esfera de lo religioso. La trascendencia como tal no se limita al aspecto de lo religioso o lo sagrado.  Lo trascendente es lo que supera el límite de lo concreto, de lo material, lo físico, lo tangible. Una idea, como la persona que la origina puede calificarse como “trascendental”, cuando sobrepasa lo ordinario y el entendido común.

La fuerza del poder y el poder de la fuerza son parte del misterio de lo que somos como seres humanos. Experiencia espectacular será siempre descubrirnos “poderosos”, capaces de desarrollar y activar esa fuerza interior que tiene arraigos de divinidad.

 

P. Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

Para ElVisitante

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