Escritos apostólicos

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de dos clases de reuniones en las que participaban los cristianos: al templo acudían para hacer la oración y en las casas se reunían para escuchar la enseñanza de los apóstoles y celebrar la fracción del pan (2, 46-47 y 5, 42).

San Pablo con frecuencia saluda a la Iglesia, que se reúne en las casas de Prisca y Áquila o en casa de Ninfa. La Biblia Vulgata, al traducir estas frases, utiliza la expresión “iglesia doméstica”. Para Pablo, pues, la casa es el lugar donde se reúne la comunidad, en la que reside la plenitud de la Iglesia.

Ya en aquellos momentos iniciales la casa jugó un papel muy importante en la evangelización. En ella eran acogidos los misioneros y se cultivaba la hospitalidad, siendo el testimonio cristiano de sus miembros un medio muy eficaz para extender el mensaje. Así la familia cristiana llegó a ser el fermento de la Iglesia, al constituirse en el centro de la vida eclesial y de la evangelización.

San Juan Pablo II se refirió a la familia como “iglesia doméstica” en múltiples ocasiones. Para él no es una mera expresión piadosa o un planteamiento estratégico en orden a la nueva evangelización; se trata de una verdadera definición. La Iglesia doméstica es querida por Dios y está fundada por Cristo y sobre Cristo.

En la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (22-11-1981) el Papa de “Feliz Memoria” profundiza en esta realidad. Merece la pena destacar la frecuencia con que San Juan Pablo II que expresamente llama a la familia “iglesia doméstica” o “pequeña iglesia”: en quince ocasiones de forma directa y explícita, aunque su contenido está presente en todo el documento, principalmente desde el número 49 al 64. La familia, iglesia doméstica, participa de la vida y misión de la Iglesia y lo hace de una manera propia y original, “según la modalidad comunitaria”. La familia está insertada en el misterio de la Iglesia, del que es imagen viva y representación histórica. Hay múltiples vínculos “que unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen que esta última “sea a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la Iglesia”.

En esta Exhortación sobre la familia se refirió el Papa misionero también a la misión evangelizadora de la familia, iglesia doméstica: La pequeña iglesia doméstica, como la gran Iglesia, tiene necesidad de ser evangelizada continuamente. Hablando del ministerio de evangelización de la familia dice que la “futura evangelización depende en gran parte de la iglesia doméstica” y con relación a la catequesis familiar añade que “la iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los jóvenes puedan percibir una auténtica catequesis”. El ministerio de evangelización y de catequesis de la iglesia doméstica ha de estar en íntima comunión con los servicios de la comunidad eclesial diocesana y parroquial. Por su propio espíritu misionero, la iglesia doméstica está llamada a ser un signo de la presencia de Cristo y de su amor para los alejados.

Termina San Juan Pablo II su Exhortación sobre la familia pidiendo que “la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la iglesia doméstica, y gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una ‘pequeña iglesia’, en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo” (86).

(Arecibo)

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