Getting your Trinity Audio player ready...

“Si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su tierra”, (2 Cro 7, 14).

La culpa psicológica y el verdadero arrepentimiento cristiano son conceptos distintos que tienen implicaciones diferentes en la psicología y la teología cristiana. La culpa psicológica se refiere a un sentimiento de angustia o autoreproche que una persona experimenta después de haber hecho algo que percibe como incorrecto, inapropiado o dañino. Este sentimiento puede ser disfuncional si es excesivo o desproporcionado, y puede conducir a problemas de salud mental si no se maneja adecuadamente. También está relacionada con la conciencia personal y puede interferir con el bienestar emocional y psicológico de una persona.

El arrepentimiento cristiano por su parte es un acto de fe que busca la reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás, como también la restauración espiritual al reconocer sus pecados. La conversión es una tarea permanente en la vida de todo cristiano. Esta “metanoia”, que supone la conversión del corazón transita por dos estadios relacionados entre sí: “el dolor de atrición” y “el dolor de contrición” que, en la teología cristiana se refiere a dos tipos de arrepentimiento o sentimientos de pesar por los pecados cometidos. La diferencia principal entre ellos radica en la motivación detrás de ese arrepentimiento y cómo se relacionan con la gracia divina y la salvación.

El dolor de atrición, por un lado, se refiere a un dolor por el pecado motivado principalmente por el temor al castigo divino o a las consecuencias negativas del pecado en la vida de la persona. Esta forma de arrepentimiento no implica un amor verdadero a Dios ni un deseo sincero de reconciliación con Él, sino más bien un deseo de evitar el castigo o las consecuencias negativas del pecado. El dolor de atrición puede llevar a la confesión sacramental y recibir perdón, pero sin la confesión este dolor no es suficiente por si solo para obtener la gracia plena. 

Por otro lado, el dolor de contrición implica un arrepentimiento verdadero y genuino por el pecado motivado por el amor a Dios y el reconocimiento de que se ha ofendido a Dios con el pecado. Este tipo de arrepentimiento incluye un deseo sincero de cambiar de vida, de reconciliarse con Dios y de vivir de acuerdo con Su voluntad. El dolor de contrición es necesario para recibir el perdón de Dios y la gracia divina, ya que implica una disposición del corazón hacia la conversión y la reconciliación con Dios. Mientras que el dolor de atrición se basa en el temor al castigo y no implica un amor verdadero a Dios, el dolor de contrición se basa en un genuino arrepentimiento motivado por el amor a Dios y lleva a una reconciliación más profunda con Él.

En la cuaresma estamos llamados a un arrepentimiento de nuestros pecados con ayuno, oración y limosna, y así celebrar la “Pascua” del Señor desde una verdadera “transfiguración”. Solo con la ayuda del Señor, podremos reconstruir el “templo nuevo” de nuestras vidas por el amor de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16). Por consiguiente, la conversión es un llamado a la “santidad” a lo largo de toda la vida. 

Conviene relacionar la conversión del corazón con las distintas etapas de la vida donde se presentan desafíos y oportunidades que ponen a prueba nuestra fe. Aquí hay algunas etapas que pueden ayudar a avanzar en la santidad después de una conversión genuina:

Infancia y adolescencia: Desafíos: Descubrimiento de la identidad, presión de grupo, influencias externas, desarrollo moral y ético. Oportunidades para la conversión del corazón: Aprender a tomar decisiones éticas, cultivar valores basados en la fe, desarrollar una relación personal con Dios, y buscar su propósito en la vida.

Adultez temprana (20-40 años): Desafíos: Establecer una carrera, relaciones románticas, independencia, responsabilidades financieras, toma de decisiones significativas. Oportunidades para la conversión del corazón: Aprender a confiar en Dios en medio de la incertidumbre, cultivar un equilibrio entre trabajo, familia y fe, y tomar decisiones basadas en principios bíblicos.

Edad media (40-65 años): Desafíos: Estrés laboral, crianza de hijos, cuidado de padres mayores, cambios en la salud, cuestionamiento del propósito y significado de la vida. Oportunidades para la conversión del corazón: Aprender a confiar en la providencia de Dios en medio de desafíos, cultivar la paciencia y la compasión, buscar un propósito más profundo en la vida basado en principios espirituales.

Adultez tardía (65 años en adelante): Desafíos: Jubilación, pérdida de seres queridos, salud deteriorada, reflexión sobre la vida, temor a la muerte.   Oportunidades para la conversión del corazón: Cultivar la gratitud por las bendiciones, buscar una relación más profunda con Dios, compartir sabiduría y fe con generaciones más jóvenes, y encontrar consuelo y esperanza en la fe en medio de la pérdida.

En cada etapa de la vida, los desafíos pueden ofrecer oportunidades para un cambio de corazón, un crecimiento espiritual y una mayor dependencia de Dios. La fe puede proporcionar consuelo, dirección y propósito a lo largo de la vida, y cada desafío puede ser visto como una oportunidad para una conversión continua del corazón hacia una mayor santidad y cercanía con Dios.

Padre Víctor M. Torres Cisneros

Para El Visitante