Dios creó al hombre y con él todo lo necesario para que subsistiera y se multiplicara. Por eso le dio tierra, agua, aire, creó las plantas y los animales; condiciones todas que permiten que la vida subsista. En el mundo primitivo esas condiciones eran básicas y las actividades productivas primarias eran el cultivo y la crianza de animales. La inventiva del hombre fue capaz de desarrollar técnicas para hacer más eficientes todos los procesos básicos: se inventó la rueda, herramientas para labrar, esculpir y construir. Fue un largo proceso que se aceleró con la Revolución Industrial y la Revolución Tecnológica y que sigue desarrollándose. Sin embargo, a nivel básico todavía sigue siendo la tierra, el agua y el trabajo los elementos productivos básicos de cualquier sociedad.

La doctrina social de la Iglesia subraya la importancia de la actividad agrícola para toda sociedad y para todo sistema económico. Porque todos los bienes pertenecen a Dios, el bien común y la justicia exigen que todas las personas tengan acceso a la tierra, como bien de producción y exigen una justa distribución de la tierra. Condena el latifundio y establece que los países que más sufren una desigual distribución de la tierra son aquellos que han salido de sistemas colectivistas o de colonización. Pero, en un mundo cada vez más industrializado, también hace un llamado a otorgarle valor y prioridad al trabajo agrícola y junto a esto enfatiza además en la importancia de salvaguardar el ambiente natural.

El significado del trabajo agrícola plantea, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia un gran desafío al mundo contemporáneo. El reto implica  “elaborar nuevos procedimientos para lograr una agricultura moderna, que esté en condiciones de desempeñar un papel significativo en la vida social y económica” (Compendio Doctrina Social de la Iglesia, 299). Como alternativas ante este reto se sugiere la investigación en técnicas de producción y la capacitación agrícola. Es necesario, sin embargo, considerar que el uso de biotecnología ligadas a la agricultura deben ser ponderada desde el punto de vista moral, considerando sus consecuencias para la salud del hombre y su impacto sobre el medio ambiente.

El reconocimiento de derechos de propiedad a los pequeños agricultores; la apertura de mercados de crédito; la creación de infraestructuras y la provisión de servicios sociales adecuados en las áreas rurales, entre otras medidas, son necesarios para la revitalización agrícola (CDSI 300). La organización de la actividad agrícola puede lograrse fortaleciendo las empresas familiares y cooperativas. Este tipo de empresas son una vía para promover el bien de toda la comunidad. La valoración de la actividad agrícola puede fortalecerse con incentivos a los pequeños productores y creación de mercados de consumo para empresas familiares agrícolas, con la diseminación de técnicas de cultivo a pequeña escala y con la integración de la educación agrícola en el ambiente educativo.

Desafortunadamente el plan de desarrollo económico de Puerto Rico ha dependido extensivamente de la manufactura y del turismo, ignorando la importancia de la agricultura y su valor con miras a la sustentabilidad alimentaria de la población. Este último es un objetivo que cobra particular importancia para una Isla. Si bien la globalización abre nuevas alternativas de mercadeo a nivel internacional, no se puede ignorar que la planificación agrícola no debe orientarse únicamente a la exportación, sino que debe fomentarse una adecuada distribución de bienes en el mercado local.

Por último, no se puede hablar de la agricultura solo desde la perspectiva de las generaciones presentes. Es necesario considerar los factores ecológicos que garanticen que el bien de la Tierra no se extinga por un uso inapropiado. La Iglesia también nos orienta en cuanto a la necesidad de aunar esfuerzos para proteger nuestro ambiente, ese don de Dios al que hemos de acercarnos con reverencia y conscientes de que nuestra responsabilidad es ser protectores y no depredadores. Nuestra misión es sembrar hermosura y no contaminación y destrucción (Laudato Si’).

Nélida Hernández

Consejo de Acción Social Arquidiocesano

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