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Nos relata el libro del Éxodo en la primera lectura, el episodio de Masá y Meribah, el agua que sale de la piedra como respuesta de Dios a Israel.

Tenemos en la Carta a los Romanos, un juego que hace Pablo con las tres virtudes cardinales: fe, esperanza y caridad; con la aclaratoria que las tres surgen de Dios.

El Santo Evangelio de hoy, de San Juan, es el episodio de Jesús y la Samaritana, siendo el agua la protagonista, en preparación para el bautismo de los catecúmenos.

El agua. ¿Habrá un elemento más importante para la existencia de la vida? Sin agua no hay ni plantas, animales ni seres humanos. De hecho, el 70% de nuestro cuerpo es agua. Las Sagradas Escrituras en general, y Jesucristo en particular, saben este hecho. El agua cobra protagonismo hoy, puesto que es el elemento más importante en el Sacramento del Bautismo. Recordemos que la Cuaresma es el tiempo de la preparación de los catecúmenos para el Bautismo en la Vigilia Pascual, y el Ciclo A es el ciclo preparatorio para el bautismo por excelencia.

Cuando leemos cuidadosamente la 2da lectura, si nos observamos detenidamente, San Pablo juega con las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, para decirnos que todas vienen de Dios y que la una engendra la otra. La fe engendra esperanza puesto que, con la fe, nosotros albergamos la esperanza de la Vida Eterna y esta esperanza es derramada a nosotros por el Espíritu Santo, que se derrama en nuestros corazones, para llenarnos del amor de Jesús. Cuando vemos el juego de las tres virtudes cardinales, vemos una expresión velada de la Santísima Trinidad, siguiendo el paradigma de San Pablo: el Padre es la fe, el Espíritu Santo es la esperanza y el Hijo es el amor.

El agua es la fuente de la vida; el agua mata y vivifica, el agua destruye y restituye. Sin agua no hay vida y esto lo vemos en la 1ra lectura: el pueblo de Israel estaba andando por el desierto y la sed los consumía. A falta de agua, el pueblo se revela contra Dios y Moisés por la carencia del vital elemento, reta a Dios porque, según ellos, Dios quería que se murieran en el desierto. Dios sale al encuentro de su pueblo y hace que de la piedra salga agua, cumpliendo una vez más con sus juramentos de fidelidad. Pero, el pueblo tiene que pagar un precio al pecado de soberbia. Es verdad que Dios le da la vida, pero no permitirá que ninguno de los adultos en ese momento, entre a la Tierra Prometida. Ni siquiera Moisés.

Considerando la importancia del agua como garantía de vida, podremos entender mejor el hermoso episodio de Jesús y la Samaritana. Ante una mujer incrédula, amargada, sarcástica, con una autoestima baja, Jesucristo, al ofrecerle el agua viva, se está ofreciendo a sí mismo. Este ofrecimiento que Jesucristo hace de sí a la Samaritana es un preámbulo de su muerte en la Cruz porque, en este caso, Jesucristo se ofrece una vez más, pero esta vez a su Padre, para nuestra Redención. Cristo nos ofrece su vida inmortal vida eterna, que la recibimos cuando lo recibimos en comunión, cuando oramos limpios de corazón, cuando abrimos nuestra mente y corazón a las Sagradas Escrituras. Está de ti aceptarla.

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández, Ph. D

Para El Visitante

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