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Recuerdo en los ventorrillos de mi niñez esos ominosos letreros que avisaban: “Hoy no fío, mañana sí”. Era la artimaña del comerciante para librarse de los embrolladores. Mi padre no puso el letrerito y por eso su ventorrillo quebró. O como el chiste del esposo que mató a su esposa en el día de su aniversario de plata.  Y todos le recriminaban “pero, chico, ¿cómo has hecho eso?”.  Y él: “es que uno es vago, y lo va dejando, lo va dejando, lo va dejando…”. Procrastinar parece que es el vicio de muchos de nosotros. Si me pongo ‘político’ diría que también ha pasado al nivel del país con lo de nuestra famosa embrolla. Olvidamos los versitos de la moraleja: “Atajar al principio el mal procura, si llega a echar raíz tarde se cura”. En la respuesta a la gracia divina nos sucede lo mismo. Lo cantaba Lope de Vega: Cuántas veces mi ángel me decía: Alma, asómate ahora a la ventana; verás con cuánto amor llamar porfía! Y cuántas, hermosura soberana, mañana le abriremos respondía, para lo mismo responder mañana.

En las situaciones matrimoniales sucede lo mismo. Es la pareja que no encara la situación preocupante y la va dejando. Y lo que era una mala actuación, del hijo o del cónyuge, se convierte en problema irremediable. O no encaramos la situación buscando el momento oportuno para decir de frente, y en buen ambiente: “Está pasando esto… no lo entiendo; creo que esto no puede seguir…”. O usamos recursos indirectos para que el cónyuge entienda que me siento mal. Es como el chiste de las monjas que rechazaban a la nueva superiora y lo expresaron con el lorito que todos oirían cuando gritaba en los pasillos: ¡Que quiten a la superiora!  Una amiga mía, enojada por una actuación del esposo, usaba como táctica quedarse callada y pasar al lado de él como una momia. ¿Qué hay de comida? Preguntaba él. Y ella pasaba de largo ¡como aquel antiguo silencioso de Eastern!

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Y San Agustín advertía, ante el cristiano que evitaba convertirse y confesarse, sino que replicaba: “Algún día lo haré”. San Agustín, agudo como siempre: “Si algún lo harás por qué no hoy, y si no hoy por qué algún día!”.  Es bueno ese ejercicio que llamaban de “expresión de sentimientos”.  Consiste en que la pareja acuerde un momento de encontrarse juntos al final de una semana, o al final del mes. Primero cada uno expresa cómo se sintió con algo positivo sucedido en ese tiempo. Luego expresa cada uno lo que molestó por algo sucedido en ese mismo periodo de tiempo. Y ahí termina el ejercicio. Y si lo prefieren, y están preparados para ello, abundará cada uno en lo que expresó.
Muchas veces he indicado que hay pajas que funcionan como malos comerciantes. El buen comerciante, interesado en vender, está al tanto de lo que es el gusto de los compradores y de la actuación de su competencia. Lleva su negocio al ritmo de los percances económicos. Y como ahora los fletes de China han subido hasta un 300% analiza de qué otra manera suplir sus almacenes. Pero la pareja, mal negociante de su felicidad, no evalúa la marcha. Para agradecer y subrayar lo que gusta y animar a amar más. Para analizar e inquirir lo que no se acaba de conseguir o los errores que se preveen. Un grupo conocí de buenos higos que confiadamente compartían lo que sucedía entre ellos. Una señora compartía su preocupación por el interés exagerado  del esposo por una compañera. El grupo entendió el peligro.  Pero él… excusas, ‘son exageraciones’… No hubo happy ending. Terminó él escapándose con la otra. Al menos queda el consuelo de que se le advirtió con tiempo. Ante las adversas futuras consecuencias de su desacertado proceder ya no habrá excusas.

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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