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Memoria de los Santos Timoteo y Tito

A estos santos les da Pablo el título de hijos y colaboradores fieles suyos. Y además les encomienda proteger a las comunidades, poniendo orden, nombrando oficiales, instruyendo y denunciando los peligros de las falsas doctrinas, fuesen de origen judaizante con su rigorismo legalista o gnóstico, con su espiritualismo exacerbado. 

Estas y las demás cartas del apóstol nos muestran que las iglesias o comunidades no eran un reguerete de gente, cuyo único vínculo fuera su común fe en Jesucristo y el bautismo. En aquellas comunidades existía orden, una jerarquía básica pero efectiva, unas normas claras de convivencia, aunque no todo estuviese regulado, y una liturgia, no tan rudimentaria como se ha pensado, y como lo demuestra el hecho de que cada vez más se sostiene la tesis de que algunos de los himnos más conocidos de las cartas de Pablo, no son originales suyos, sino préstamos de un himnario litúrgico de las comunidades cristianas que posiblemente el apóstol adoptó y completó. No hay duda de que el recurso a tales himnos conocidos y admitidos por los fieles le servirían magníficamente para dar autoridad a su mensaje. 

Como saben bien, el organizarse y darse normas de convivencia son resultado de nuestra naturaleza humana que es gregaria, es decir tiende a la agrupación y a la organización que contribuyen a la protección misma del individuo y a una mejor gestión de los bienes y recursos. La creación de sociedades y la normalización de la convivencia humana se opone al caos y a la desorientación. 

La Iglesia, humana y divina a la vez, como su fundador y maestro, ha entendido esto y lo ha practicado desde sus orígenes. Y siempre ha procurado evitar dos extremos: idolatrar la norma como superior a las personas, y la espiritualización absurda de aquellos que afirman que la Iglesia solo existe en la esfera de lo espiritual y por lo tanto no tiene nada que disponer en el terreno jurídico. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, pero por eso mismo une en ella tanto lo material como lo espiritual, al modo de los sacramentos. 

El notable interés que ha mostrado el papa Francisco por el derecho canónico es un reflejo precisamente de que entiende la importancia que tiene para la vida y la misión de la Iglesia. El Papa no es un “anti derecho”, es un pastor que ha procurado hacer todo lo posible para que esta norma fundamental de la Iglesia responda cada vez mejor a la finalidad que ella misma se propone y como dice el broche de oro del CIC el canon 1752 donde se nos indica de modo solemne que todo debe hacerse “teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia”

La revisión del CIC era una tarea solicitada y deseada desde hace años, pues algunos opinan que hacía falta más tiempo para promulgarlo, más estudios, más oportunidad para que la eclesiología del Concilio calara más. Incluso he escuchado que los años adicionales que tomó la promulgación del derecho de las Iglesias orientales hizo que su código evitara los escollos y ambigüedades del latino. Lo cierto es que la Iglesia aprecia y considera necesario tener unas normas universales claras y sin pretensiones de poder legislarlo todo, pues para ello también está la ley particular, y mostrar un camino que ayude a todos a realizar la tarea que le corresponde en la misión. 

Por estas razones entiendo que el CIC no es solo un código legal, sino un documento eminentemente pastoral. Y los que trabajan en el Tribunal eclesiástico, y lidian día tras día con el dolor, las dudas, el miedo y la rabia de las personas que atienden, no solo en los casos matrimoniales, sino de todos los que llegan a su consideración, lo saben perfectamente.  

Como en las primeras comunidades, las amenazas y rupturas que afligen la Iglesia, no solo son el resultado de la injerencia de fuerzas externas, sino también de la incoherencia y, en definitiva, del mal que nace y se manifiesta en su interior. Es por eso que el Derecho canónico, que solo se aplica a los bautizados, puede y debe ser un instrumento precioso para la preservación de una vida eclesial concorde con el Evangelio. Donde todos los integrantes del Pueblo de Dios, unidos en la caridad, encuentren un espacio seguro y adecuado para el ejercicio de sus derechos y deberes como creyentes. 

Es por esa razón que les agradezco a todos, empezando por mi Vicario Judicial, el esfuerzo, la seriedad y la profesionalidad con la que asumen sus diversas tareas en este Tribunal. El nuestro carece de las estructuras y mobiliario tradicional en los tribunales civiles y que tienen un fin, no solo práctico, sino de intimar en los que acuden a ellos, la fuerza del Estado y de la ley, con todo su poder coercitivo. 

Nosotros, sin esa parafernalia, de todas maneras, con nuestro comportamiento, disciplina, y elegancia podemos igualmente mostrar a todos la nobleza de este oficio y la seriedad con la que se atienden los asuntos que tratamos. 

Al agradecimiento añado algunas peticiones: Primero, sean gente de oración. Su apostolado requiere un constante discernimiento, no solo de documentos sino de intenciones, motivaciones y hasta confusiones. La búsqueda de la verdad, tan esencial en sus tareas necesita el amparo y fuerza del Espíritu Santo. 

Sean compasivos y acogedores, virtudes que no están en contradicción con el servicio a la justicia y la verdad. 

Manténganse siempre discretos. Los casos no se pueden discutir en los pasillos y en los “coffe breaks” como quien habla del último chisme de la farándula o la política. Cada caso es un drama humano, lleno de dolor y de esperanzas. Huyamos como de la peste de lo que yo llamo el síndrome del trabajador de funerarias, que termina inmunizándose del dolor ajeno y haciendo chistes de los difuntos. 

Finalmente les ruego que se mantengan al día en su formación continua. Eso es esencial. No esperen a que el obispo les busque cursos, siéntanse en la libertad de proponerme posibilidades de “aggiornamento”. Me gustaría mucho que los vicarios judiciales tomaran esto a pecho y organizaran encuentros entre los tribunales, simposios y conferencias para conocer cada vez mejor nuestro oficio. 

Repasen las cartas a Timoteo y Tito, o la menos esta última que es la más breve, y verán la seriedad con la que el apóstol les pide servir a la Iglesia y dedicarse de lleno a su edificación espiritual, moral y social. Gracias de nuevo. Dios los bendiga.

Mons. Alberto A. Figueroa Morales

Obispo de Arecibo

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