Excelentísimo Mons. Tomás González González, obispo auxiliar de San Juan.
Reverendos Sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas.
Hermanos y hermanas:
Como todos sabemos, la Conferencia Episcopal de Puerto Rico declaró oficialmente el inicio de un Año Jubilar Mariano, un acontecimiento eclesial que busca reavivar la fe y devolver esperanza al pueblo en medio de sus desafíos. La conmemoración coincide con los cincuenta años de la coronación canónica de Santa María, Madre de la Divina Providencia, patrona principal de la nación.
En reconocimiento a la profunda devoción del pueblo puertorriqueño a esta advocación, san Pablo VI declaró en 1969 a Santa María, Madre de la Divina Providencia, patrona principal de la nación. En 1976, ordenó además la coronación canónica de su imagen, un hecho que influenció profundamente la vida religiosa de Puerto Rico.
A cincuenta años de este acontecimiento histórico, la Iglesia en Puerto Rico conmemora con profundo agradecimiento este importante aniversario, destacando el impacto que ha tenido desde entonces en los diferentes momentos de la vida social y espiritual del país.

Los obispos hacen entrega de este Jubileo a la protección de María, Madre providente y fiel seguidora de Cristo, rogando que acompañe al pueblo puertorriqueño en caminos de esperanza, justicia y fidelidad al evangelio. Además, impulsan a los fieles a vivir un año de renovación espiritual y servicio, seguros de que la fe puede seguir orientando la vida del país.
La palabra providencia, del latín pro (delante) + videre (ver), significa ver por, velar por alguien:
- Los padres y las madres de la tierra ven por sus hijos, tienen providencia de ellos.
- Hace tiempo, los peregrinos que recorrían largas distancias hacia un santuario, encontraban por el camino a personas generosas que les daban de comer o les brindaban un lugar seguro para descansar; ellos llamaban a estas dádivas “providencia” con el sentido propio de las personas que veían por ellos y con el sentido de que es Dios el que tiene providencia de ellos.
Nuestro pueblo tiene una enorme fe en la providencia divina y sabe que detrás de cada bien que recibimos o que logramos con nuestro trabajo está la mano de Dios generosamente abierta para darnos a sus hijos cosas buenas, como los padres de la tierra.
En el corazón de la teología y la piedad católica, el título de «María, Madre de la Divina Providencia» resuena con especial ternura y profundidad. No es una simple designación honorífica, sino una afirmación arraigada en las Sagradas Escrituras, desarrollada por la Tradición y proclamada solemnemente por el Magisterio de la Iglesia. Este título celebra el rol maternal que la Virgen María ejerce sobre todos los fieles, un vínculo espiritual que nutre y acompaña a la Iglesia en su peregrinar terreno.

En las Bodas de Cana (Juan 2,1-11), María ejerce su función “intercesora” y así Dios nos muestra cuál es su acción en Él y en la historia. Si te preguntas cuál es el hecho central de este pasaje, seguramente responderías: “la conversión del agua en vino”.
Pues siento desilusionarte, hay en el trasfondo del pasaje bíblico un elemento central que va más allá del milagro. María no consiguió únicamente que Jesús hiciera un milagro, sino algo mucho más profundo y de grandes implicaciones. Con esta intercesión providencial María consiguió adelantar la “hora” de Jesús, el momento de su manifestación como imagen de Dios, adelantó su gloria y la Iglesia creyó en Él.
La intercesión de María sobre los discípulos de su Hijo encuentra su momento más explícito y conmovedor al pie de la Cruz. En el Evangelio de San Juan, Jesús, antes de expirar, mira a su madre y al discípulo amado y dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). La tradición católica ha interpretado unánimemente que en la figura de Juan, Jesús confiaba a toda la Iglesia al cuidado maternal de María.
Esta comprensión fue madurando a lo largo de los siglos. Los Padres de la Iglesia, desde los primeros tiempos del cristianismo, vieron en María a la «Nueva Eva». Así como por la desobediencia de la primera Eva entró el pecado en el mundo, por la obediencia y el «sí» de María, la «Madre de todos los vivientes» en el orden de la gracia, entró la salvación. San Ireneo de Lyon en el siglo II, por ejemplo, ya contrastaba la desobediencia de Eva con la obediencia de María, quien se convirtió en «causa de salvación tanto para sí misma como para todo el género humano».
¡Una de las más antiguas catacumbas contiene un dibujo de la Madre y el Niño, datada en la segunda centuria y la oración de petición más antigua dirigida a María, el “Sub Tuum Praesidium”, ¡viene del año 300 D.C.!

“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”.
Podríamos glosar la oración y decir: Bajo tu providencia nos acogemos…” y estaríamos diciendo lo mismo.
El Concilio Vaticano II, en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, dedicó el capítulo octavo a la Santísima Virgen María. En este importante documento, los padres conciliares afirman que María, por su íntima unión con Cristo y su cooperación en la obra de la redención, es verdaderamente «Madre nuestra en el orden de la gracia».
El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta enseñanza y la profundiza. En el numeral 963, citando a San Agustín, se afirma: «Es verdaderamente la Madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza».
El título «María, Madre de la Divina Providencia» encapsula varias verdades de fe:
- Maternidad Espiritual: María no es madre de la Iglesia en un sentido físico, sino espiritual. Así como dio a luz a Jesús, la Cabeza del Cuerpo Místico, coopera con amor maternal al nacimiento y desarrollo de los fieles, que son los miembros de ese Cuerpo.
- Modelo de Virtudes: María es el modelo perfecto para la Iglesia. En su fe, caridad, obediencia y unión con Cristo, la Iglesia encuentra el ejemplo a seguir para cumplir su propia misión.
- Intercesora y Auxiliadora: Como madre atenta, María intercede constantemente por sus hijos ante su Hijo. La Iglesia confía en su auxilio maternal en medio de las pruebas y dificultades.
- Unión con Cristo: La maternidad de María respecto a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo. Todo su rol y privilegio derivan de su divina maternidad.
En este año jubilar mariano, profundicemos más y mejor en nuestra relación con la Madre de la Divina Providencia y como los siervos de la boda de Caná: Hagamos lo que Él, Jesús, nos diga…

Aprovecho el momento para invitarlos al Simposio que sobre este tema se celebrará los días 13 y 14 de octubre en las facilidades de la Universidad Central de Bayamón y, también, a que se matriculen en el curso de Mariología que el próximo semestre se ofrecerá con motivo a la celebración de este jubileo.
Pido a la Madre de la Divina Providencia que siga intercediendo por todos los hijos e hijas de la Iglesia y que este año jubilar sea uno de gracia y bendición. Gracias…



