Un poco de biblia, historia y liturgia
Este año la fiesta de la Presentación del Señor coincide con el IV Domingo del Tiempo durante el año y en ese caso las normas litúrgicas permiten que se celebre dicha fiesta en vez del domingo corriente. La reforma litúrgica pedida por el C. Vaticano II ha hecho de ésta una fiesta preeminentemente cristológica, pero ello no elimina su dimensión mariana, ya que la verdadera devoción a María lleva a Jesús. Siendo Puerto Rico un pueblo tan devoto de la Virgen, vivimos estas fiestas de sabor mariano con una particular devoción.
Su matiz mariano brota al ver a la Madre que lleva al Hijo de Dios hecho hombre a ser presentado en el templo de Jerusalén, pero también porque coincide con el cumplimiento, por parte de María, de la Ley que mandaba, a los 40 días, la purificación de las madres recién paridas (cf. Lev 12, 1-8), si bien ella no necesitaba ser purificada porque conservó su virginidad antes, en y después del parto.
En el evangelio de la fiesta vemos como Simeón y Ana se encuentran con el Niño junto con María, (Lc 2,22-40), como le pasó a los pastores y los magos de oriente. En ese sentido la fiesta es también como un eco de la Navidad y su teología del Dios invisible que se hace visible y cercano a su pueblo y a toda la humanidad, la teología de la epifanía o manifestaciones del Señor. La liturgia ve también esta fiesta como un encuentro de Dios con su pueblo (“hypapanté”), ya que ese Niño es Dios y por ello se cumple la profecía que anunciaba que el mismo Señor entraría en su Santuario para encontrarse con su pueblo (cf. Mal 3,1-4) y someterse a la Ley.
¿Como surge esta fiesta o llega a Occidente? Uno de los documentos antiguos (s. IV) con gran valor para la Iglesia es el Diario de Eteria (o Egeria). Esta mujer, aparentemente original de lo que hoy llamamos Galicia, fue en peregrinación Tierra Santa y nos relata lo que vio allí. Una de las cosas que narra es lo que se hacía en esta fiesta. S. Gregorio de Nisa y S. Cirilo de también testimonian que la fiesta se celebraba en otras partes del imperio. Bajo el emperador Justiniano ya ésta era día festivo. ElSacramentario Gelasiano (libro litúrgico del s. VIII con mezcla de prácticas romanas y gálicas) ya tiene las oraciones de esta fiesta con el título de Purificatio sanctae Maríae.
El nombre de candelaria seguramente viene de la procesión en la que son bendecidas las velas (i.e. candelas) que llevan los fielescomo un recordatorio de que María llevaba a Jesús, luz verdadera, en sus brazos para presentarlo en el templo a los que vivían en tinieblas (recordemos que en Navidad oíamos a Isaías9,2: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.”)y nosotros llevamos las velas para encontrarnos con el que es fuente de toda luz (cf. Disertación 3 de S. Sofronio, obispo de Jerusalén, sobre el Hypapanté, del s. VII). La bendición de las velas consta en las fuentes litúrgicas, al menos desde el s. X.
En Roma la fiesta se llamó inicialmente “de san Simeón”, recordando las palabras del anciano al encontrarse con María y el Niño, diciendo que éste sería “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.” (Lc 2,32). En esto vemos otra vez el sentido “epifánico” de la fiesta.
Ésta es la más antigua de las procesiones romanas que iba desde la capilla de S. Adrián en el Foro romano hasta Sta. María la Mayor. La misma tenía carácter penitencial, no tanto festivo como hoy. Con ella se quería reparar las acciones de la fiesta pagana de amburbale, que se celebraba por esas fechas.
En el Jubileo
En este año jubilar vemos a María que lleva en sus brazos al que es nuestra esperanza de quien debemos dar razón ante el mundo (cf. 1 Tim 1,1;Heb 10,23; 1Pe 1,3.15; Col 1,27). Si ponemos nuestra esperanza en Jesús, somos iluminados por Él y además podemos iluminar a otros con la luz que recibimos del Él. No sólo debemos ser peregrinos de esperanza, sino sus testigos y portadores para un mundo donde hay tanta desilusión y desesperanza.
Mirando con los ojos de María este acontecimiento, podemos pensar lo grande que es el Señor, que nos hace partícipes de su obra redentora, en la cual podemos cooperar a través de gestos sencillos, como los que hacen María y José, simplemente cumpliendo los mandatos de la Ley.
Asumamos nuestra responsabilidad de ser portadores de la esperanza de Jesús y de la novedad que Él nos trae. Presentemos a Dios las cosas sencillas de cada día, realizadas con el fuego del Espíritu que las purifica y las hace reflejar la luz de Jesús que hay en nosotros, como lo hizo María al llevarlo tal templo. Que las velas bendecidas este día sean signo de nuestro compromiso para hacer esto.



