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El Profeta Malaquías, en la primera lectura, lanza una condena a todos los sacerdotes y pastores del pueblo de Israel cuando ellos no anuncian la Palabra de Dios, sino que utilizan su ministerio para ganancia personal.

En la primera Carta a los Tesalonicenses, San Pablo trata con ternura a esta pequeña comunidad que supo acoger con amor, la Palabra de Dios.

En el Evangelio de San Mateo, vemos a Jesucristo arremetiendo con fuerza contra los sacerdotes del templo por dar contra testimonios en vez de ser coherentes con la Palabra de Dios que ellos enseñan.

Normalmente, cuando llega el domingo y nosotros nos congregamos para celebrar la Eucaristía, escuchar la Palabra de Dios y comer el Cuerpo de su Hijo, la Palabra de Dios se dirige al pueblo y nosotros los sacerdotes hacemos, a través de la homilía, que esa Palabra sea entendible y aplicable al pueblo.  Dicho en otras palabras, el pueblo quiere saber qué Dios le tiene que decir.  Pero esta vez, la Palabra de Dios está dirigida a nosotros los sacerdotes, advirtiéndonos que nosotros no podemos estar predicando lo que nos venga en gana, sino lo que Dios quiere que digamos.  Esto conlleva un alto grado de responsabilidad para nosotros. 

Vemos a Malaquías, en la primera lectura, condenar a los sacerdotes por no predicar la Palabra que Dios les había confiado. Los sacerdotes, al no enseñarle al pueblo el camino correcto, lo desviaron. Esto nos trae a la mente el Salmo 23, cuando dice que el Buen Pastor, lleva a las ovejas a los verdes pastos y las aleja del peligro, algo que no hicieron los malos pastores. El premio por esa traición a la Palabra de Dios, es el desprecio del pueblo.

Lo mismo va a decir Jesucristo sobre los sacerdotes del templo. Primeramente, no tienen una coherencia entre lo que predican y el cómo viven. Segundamente, la meta de su predicación no es la Persona de Yahveh, sino ellos mismos. Un sacerdote a quien tiene que predicar es a Cristo Crucificado, tal como lo dice San Pablo en primera de Corintios y en Gálatas. Esta predicación implica no predicar lo que la gente quiere oír ni dar por bueno lo que está malo, sino que en la predicación, hay que llamar a la conversión, a condenar las malas conductas que nos alejan de Dios, que precisamente esto es lo que condena Malaquías en la 1ra lectura, el buscar ser popular y no el Reino de Dios y su Justicia.

San Pablo nos da cátedra de esto en la segunda lectura. Ante una comunidad pequeña y hostigada como era la comunidad cristiana tesalonicense, San Pablo la trata con cariño, como un padre con sus hijos. Aquí San Pablo nos da una clave para entender las palabras de Jesucristo: nosotros los sacerdotes no podemos pretender que la gente nos trate de “padre” si no lo somos para nuestros feligreses.  Esto implica que hay que amarlos, ayudarlos, orientarlos, corregirles e, incluso, dar la vida por ustedes. Oren por nosotros los sacerdotes para que logremos este estándar que Jesucristo espera a los que ha llamado a serlo.

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