Si soy creyente, debo tener espiritualidad; la forma peculiar de fomentar esa vida de fe. El peligro es encajonarse en modelos propios más bien de la vida monástica. Somos casados; no es cuestión de convertirnos en monjes o monjas.

Ya sé que la mayoría de los casados se da cuenta, como por instinto, que no pueden aspirar a imitar a sacerdotes y monjas en su vida de hogar. Los casados están llamados a poseer propiedades, a vivir activos sexualmente, y asumir la responsabilidad de sus propias vidas.  No es su vocación a la pobreza, castidad y obediencia, como la entienden y viven los religiosos.

El mayor problema al planear una espiritualidad seglar adecuada es el de absolutizar; mantener que la vida de los religiosos es la perfección cristiana parece que rebaja la vida seglar. Si hay que “abandonar el mundo” para hacerse santos, entonces el “mundo”, donde se lleva a cabo la vida normal de la familia, debe estar contaminado. Pero la revelación fundamental del cristianismo es que Jesús es tanto hombre como Dios.  Jesús de Nazaret, partícipe de la misma naturaleza divina del Padre, estuvo tan metido en la tierra y en los asuntos del mundo como nosotros.  Durante los primeros 30 años de su vida Jesús vivió como ciudadano normal de clase media baja. En cuanto podemos saber, vivió una niñez normal (Mc 6, 23) e imitó los pasos de su padre como artesano. Si la única forma de ser santos o divinos es abandonar los enredos mundanos, entonces ¿cómo explicar el compromiso secular del Dios encarnado?

Los seglares –no solo los religiosos- también se han consagrado al seguimiento de Cristo. En los votos bautismales y matrimoniales se promete fidelidad a los ideales evangélicos como se jura en los votos religiosos. La vida del religioso tiene como punto de partida la trascendencia de Dios. Si Dios está por encima de este mundo, se seguiría que el distanciarse de los asuntos mundanos al máximo nos acerca más a Dios.

Sin embargo, hay otra forma igualmente válida para encontrar a Dios: en unión con los otros seres humanos y con toda la creación. Esta es la postura inmanente. Esta presupone que Dios se encuentra tanto en las relaciones de amor en el mundo como en la contemplación mística. Dios está en nuestro medio, metido en los asuntos de cada día, conforme al aspecto inmanente de la espiritualidad.

El religioso consagrado mantiene viva la noción de que el Reino de Dios no se ha de identificar con el reino de este mundo. Los casados, a su vez, son vivo recuerdo de que los intereses de este mundo son tan importantes en el designio universal de Dios como los del “otro mundo”.

Dios es amor y donde hay amor allí está Dios. Los religiosos son testigos vivos de la exclusividad del verdadero amor. Recalcan así que el verdadero amor nunca es posesivo, sino que siempre es un don gratuito.  Por otro lado, los cristianos fielmente casados, recalcan que el verdadero amor es un compromiso de por vida en salud y enfermedad.

La vida del religioso insiste en el valor del más allá; la vida del seglar mantiene el valor de la vida en el aquí y el ahora. La vida del religioso defiende el desinterés del amor; la vida del casado se fundamenta en la intimidad del hogar. En otras palabras, la vida religiosa opera presuponiendo que el amor de Dios es trascendente, mientras que el seglar presupone que el amor de Dios es inmanente. Ninguna de las posiciones es absoluta. En otro artículo seguiré concretando.

(P. Jorge Ambert, SJ)

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