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Este pasaje del libro de Job nos presenta una realidad que la podemos denominar como deprimente; esta es la vida del hombre o la mujer sin Dios.

En la primera Carta a los Corintios, San Pablo nos comparte el origen de la vocación de apóstol y los sacrificios que conlleva.

San Marcos nos presenta tanto la labor de Jesús como la base de su ministerio: su relación con su Padre a través de la oración.  

Cuando nos enfrentamos con la primera lectura, nos da una impresión de desolación y pesimismo. Job nos presenta un mundo tétrico, un hombre sin esperanza y sin redención. Lo que Job nos quiere presentar es que nosotros, con nuestra realidad y nuestras propias fuerzas, no somos capaces de salir de lo triste de nuestra realidad pecaminosa. Sólo Dios es quien nos puede sacar de lo inevitable de la muerte, de las duras pruebas de la vida, del dolor de la enfermedad, de los retos que tenemos que enfrentar. O sea, que necesitamos de Dios para poder trascender nuestras propias limitaciones, nuestras propias miserias, pero, en vez de nosotros acudir a Dios, es Dios quien acude a nosotros en la persona de su Hijo.

El Evangelio nos presenta, primeramente, a Jesucristo al visitar la casa de San Pedro en Cafarnaúm. Ahí se encuentra que la suegra de su anfitrión está enferma y procede a curarla.  Luego, se pone en total disposición y accesibilidad para todos los que lo necesiten; enfermos, poseídos, necesitados. El éxito de esa misión fue tal, que terminó siendo aclamado y ya tenía una vida asegurada en Cafarnaúm puesto que todo el mundo quería algo de Él. Pero Jesús no estaba para dormirse en las pajas, tenía una misión: llevar la presencia de Dios a los necesitados. Es por eso que levanta el pie y se dirige hacia todo lugar necesitado de la presencia de Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta la dinámica de lo que tiene que ser un evangelizador: es uno que está consciente que lo que lleva no son sus palabras, sino que lleva la Palabra de Dios.   Es imprescindible ser persona de oración porque en la oración se obtienen dos cosas indispensables. La primera es una relación con Dios que termina en enamoramiento, en un deseo de entregarle a Dios hasta el alma. Todos los grandes santos, desde la Virgen María hasta Carlo Acutis, nos presentan ese enamoramiento de Dios que los llevaron a llevar a Cristo en toda dimensión que lo pudieron llevar, desde el vientre en el caso de María, hasta las redes sociales en el caso de Carlo, pasando por la pléyade de formas de llevar a Dios, como santos hay en la Iglesia.  

La segunda cosa indispensable es que, con la oración, uno descubre lo que Dios quiere de uno para ponerlo en práctica. Esto es lo que vemos en Jesús, que después de dialogar con su Padre, discierne que no se puede quedar en las papas de Cafarnaúm, sino que tiene que irse a todos los pueblos que necesiten de Dios. Nosotros estamos llamados hacer lo mismo.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante