El profeta Amós nos comparte su historia vocacional y los obstáculos que tuvo para ser profeta.
En el cántico de la Carta a los Efesios, San Pablo nos exalta lo grande que somos cada uno de nosotros para Dios, ya que fuimos escogidos en la persona de su Hijo para la glorificación.
San Marcos nos presenta su propia versión del envío de los Apóstoles a predicar, parte de Jesucristo.
Durante todos estos domingos desde que terminó el ciclo pascual, la Liturgia de la Palabra nos ha estado trayendo el tema del profetismo. A estas alturas tenemos que estar claros que el Profeta es un hombre (o mujer) llamado por Dios para remitir su mensaje, ya sea de esperanza, ya sea de alabanza, ya sea por una cogida de cuello (denuncia). Cualquiera de nosotros puede recibir esta llamado y nos puede venir la sensación de que no somos dignos de ella y rechazarla. Pero, en el hermoso cántico de la Carta a los Efesios, San Pablo nos dice que no somos dignos pero que Cristo nos dignifica con su sangre. Si Jesucristo nos ha bañado con su sangre, algo que nosotros cantamos a cada rato, entonces es Cristo quien nos ha dignificado y capacitado para ser sus profetas. Recientemente, en el Pre-Congreso rumbo al CAM6 que celebramos en el Colegio San José de Río Piedras, me emocionó mucho ver jóvenes profetas, jóvenes que anuncian a Cristo con emoción, con convicción, con un genuino deseo de hacer de Puerto Rico y el mundo un lugar mejor.
Acerca de que Cristo nos capacita con su sangre y su Espíritu (Santo) para ser profetas, el Evangelio de hoy nos presenta a Jesucristo enviando a los Apóstoles a predicar. En la versión de San Marcos se nos dice que envió a los Doce. La versión de San Lucas va aún más lejos y nos dice que envió a 72 discípulos (recordemos que, además de los Doce, Jesucristo tenía más discípulos como María Magdalena, sus tíos Cleofás y esposa María, Lázaro y sus hermanas, etc.) dándoles poder hasta para hacer milagros. O sea, cuando Jesucristo nos llama, nos capacita para hacer este llamado. De ahí el axioma “Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los llamados”. Eso sí, tenemos que ser fieles a ese llamado.
Esto es lo que insinúa la primera lectura de hoy. Los reyes de Israel tenían su “escuela de profetas”. Estos eran “profetas” escogidos y mantenidos por el rey para “profetizar” lo que el rey quería escuchar. De ahí la expresión “falsos profetas”. Casa-de-Dios era un santuario real, o sea propiedad del rey, y sus profetas eran mantenidos por él. Amasías era uno de estos profetas y le dice a Amós, uno que no era profeta real, sino que era verdaderamente llamado por Dios, que se largara de ahí porque Amós no era un profeta controlado por el rey. El verdadero profeta es llamado por Dios para anunciar la Palabra de Dios, gústele a quien le guste. Por tanto, el profeta no está atado a ningún poder de este mundo. Lamentablemente existe para todos los que anunciamos la Palabra de Dios la tentación de la corrupción. Ninguno está libre de ella. Por tanto, oremos por todos los profetas, por todos los predicadores, para que seamos fieles a la Palabra de Dios.
Padre Rafael “Felo” Méndez
Para El Visitante



