Un misionero claretiano llegó a Caguas en medio de la crisis en Vieques, con la expectativa de parte de los medios de comunicación sobre si continuaría o no la línea de compromiso social que ya se había asumido de forma dramática por la Diócesis y el Administrador Apostólico, Mons. Álvaro Corrada del Río, sj. Padre Rubén dejó claro desde el primer momento que asumiría el camino de la Diócesis, tanto en su proceso pastoral como en sus luchas sociales. Así lo cumplió en sus quince años de servicio a esta Diócesis.

Rubén ha sido un caminante, muchas veces sigiloso, con la bandera de la nación puertorriqueña siempre en mano, en medio de reclamos de obreros, de reivindicaciones de grupos marginados y ambientales, de derechos humanos y civiles, de manifestaciones de justicia y vida.

Es muy difícil sintetizar el aporte de una persona tan intensa como lo ha sido este incansable Obispo. Además de las visitas oficiales, se movió constantemente por todas las parroquias, monasterios, el Seminario, colegios y grupos de todo tipo. Levantó las Jornadas de la Juventud el Domingo de Ramos, la Navidad Juvenil y la oración al estilo Taizé. Estableció los Encuentros

Presbiterales cuatro veces al año, los Encuentros Diocesanos de Pascua y del Día del Trabajo, momentos puntuales de celebración y reflexión masiva, además de la Misa Crismal. Convirtió la promoción vocacional en una pasión personal y diocesana por medio de la Obra de San Andrés Apóstol, incorporando las jornadas y encuentros vocacionales, Equipos Parroquiales, animación vocacional en los Colegios y la Pastoral Juvenil, acompañamiento en el proceso Propedéutico y el Seminario Mayor Regional.

Rubén dejará el legado de haber fortalecido con la animación bíblica, la simbología litúrgica y la Lectio Divina a toda la Diócesis, todos los encuentros y asambleas diocesanos, el Plan de Pastoral y las pequeñas comunidades, cuyo lanzamiento en 2011 fue un momento histórico en su legado.

Sintió que su episcopado estaba marcado y guiado de modo especial por las indicaciones de Aparecida. En ese espíritu de comunión eclesial amplia, se aseguró de que la Diócesis de Caguas dijera siempre presente en los eventos de la Iglesia Universal, Latinoamericana y a nivel nacional. El mismo aceptó, de hecho, la encomienda de presidir el servicio de animación de la Comisión del CELAM para la Familia, Juventud y Vida. De igual forma, promovió la presencia activa de Caguas en la OSLAM, en la Pastoral Juvenil continental y caribeña, en la promoción del diaconado permanente, la pastoral de las cárceles, las misiones, el ecumenismo y los ministerios laicales.

El proceso nacional de pastoral, cuyos encuentros tuvieron como sede la Casa Manresa, siempre contaron en Rubén el más decidido apoyo y la disponibilidad de su personal, del que ha dispuesto para la animación de las Asambleas y del nuevo Instituto Nacional de Pastoral.

Nos acompañó en una década misionera desde el 2004 hasta el Jubileo del aniversario de Oro de la fundación de la Diócesis, atravesando un itinerario de diez ciudades bíblicas, cuyo concepto se volvió parte de la reestructuración de la catequesis diocesana. El don de catequista del Obispo Rubén habría de quedar plasmado en una reestructuración general y amplia del ministerio catequético diocesano, en la renovación del Centro Diocesano de Formación, la Escuela del Diaconado Permanente, la Animación Bíblica, los innumerables talleres formativos, la simbología de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.

El Pastor celebró no solo el Jubileo, sino un Año Mariano diocesano, y se aseguró de conectar a la Diócesis con los eventos universales, con la visita anual a Tierra Santa y otros santos lugares, las Jornadas Mundiales de la Juventud, los Sínodos y Encuentros de todo tipo.

No faltaba nunca en los Encuentros y Asambleas un detalle: un icono, un libro, una estampa, un rosario, una medalla, una canción nueva cada año… Rubén ha derrochado sus dones personales y ministeriales, sin guardarse ninguno, por el bien de los que le rodean y al servicio incondicional de la Iglesia. Su mañana lo encontraba de rodillas en su capilla, alimentándose de la Liturgia diaria, y rezando en las tardes el Rosario, como buen hijo del Corazón de María, mientras caminaba a paso veloz por el patio del Obispado, acompañado de sus perritos. La oración, la Palabra y la fidelidad inconmovible a la Iglesia te han sostenido, y lo seguirán haciendo sin duda alguna.

Ahora que nos toca realizar una despedida tan sentida y agradecida, te repetimos lo que nos enseñaste: “¡Qué bueno que viniste, qué bueno que has estado aquí!”. Cuenta con la oración de un pueblo que te supiste ganar y a quien enseñaste a “remar mar adentro”. No temas, en el nombre del Señor asumiremos tu espíritu misionero, y seguiremos echando las redes…

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