Cuando vivimos experiencias cercanas de muerte o de pérdida, cuando somos víctimas de violencia, cuando nos paraliza un miedo profundo nuestra confianza en Dios muchas veces tambalea. Sin embargo, lo más difícil para nosotros es el experimentar el silencio de Dios en medio de una desolación. En esos momentos nos vemos tentados a creer que ese silencio es fruto de una lejanía de Dios o peor, de una indiferencia divina ante el sufrimiento humano. Por eso nos impresiona tanto el grito del Salmo 22 que Jesús hace suyo: “¿Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado?, ¿Por qué no vienes a salvarme? ¿Por qué no atiendes a mis lamentos? Te invoco de día y no respondes, de noche y no encuentro descanso”.

¿Qué significado tiene el silencio de Dios ante el sufrimiento humano y en específico ante el sufrimiento de Jesús crucificado? Veamos un esbozo de respuesta leyendo e interpretando algunas lecturas proclamadas en la Vigilia Pascual que celebramos este año litúrgico.

En el capítulo primero del libro de Génesis el mundo antes de la creación aparece como un caos, un desorden, un abismo, unas tinieblas, unas fuerzas de destrucción… Y durante ese instante, no hay palabra divina. Dios está en silencio. De pronto aparece el Dios Creador y su Ruah Elohim que podemos traducir al español como “el Viento huracanado de Dios” o “el Espíritu de Dios”. Dios por su amor misericordioso envía su Espíritu junto a su palabra (diez palabras aparece la fórmula “Dios dijo…”) para que sea la vida la que florezca y no dominen las fuerzas de la destrucción. Dios quiere que haya vida plena en toda la creación. Por lo tanto, el silencio de Dios es un tiempo previo a su palabra y al Espíritu que unen vida y amor misericordioso en algo nuevo: la creación.

En el capítulo 14 y comienzo del 15 del libro del Éxodo aparece un grupo de esclavos de Egipto que huyendo hacia la libertad se encuentra encerrados en un desierto entre las fuerzas del Faraón y un cuerpo de agua que obstaculiza su liberación (desierto, Faraón y cuerpo de agua simbolizan muerte y destrucción). Allí, llenos de miedo comienzan a gritar a Dios y a Moisés. Se quejan de que Dios los ha abandonado. Allí estos hombres y mujeres viven un tiempo terrible en el que Dios guarda silencio. Luego de ese silencio, a punto de sucumbir ante las fuerzas de la muerte, Dios habló a Moisés y envió un viento huracanado (Ruah Elohim) que dividió las aguas para liberar a ese grupo de esclavos. El amor misericordioso de Dios se manifiesta en el envío de su Espíritu junto a su palabra para la liberación de la opresión. El silencio de Dios vuelve a ser un tiempo previo a la palabra y al Espíritu que unen vida, libertad y amor misericordioso en algo nuevo: la creación de Israel Pueblo de Dios, pueblo de hombres y mujeres llamados a la libertad de la Alianza.

En los capítulos 14 y 15 del libro de Isaías aparece un pueblo otra vez oprimido como fruto de su infidelidad al amor misericordioso de Dios. Israel acaba en una nueva esclavitud ante los poderosos de este mundo y queda en un destierro en Babilonia. Ahí viven el terrible silencio de Dios nuevamente. Pero en un momento, como dice Isaías, aparece la palabra de Dios: “la palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi misión”. Y según el capítulo 36 del libro de Ezequiel, el Espíritu de Dios recreará a Israel: “los purificaré”, “les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo”, “les transformaré el corazón de piedra”. Nuevamente, el silencio de Dios vuelve a ser un tiempo previo a la palabra y al Espíritu que unen vida, libertad y amor misericordioso en algo nuevo: una nueva liberación del pueblo pero dentro de una nueva misión: el pueblo será testigo ante las naciones y reunirá a todos los pueblos en una unidad. Pero esa unidad no es fruto de la violencia ni del miedo. Es una invitación que trae el amor misericordioso de Dios.

Desde esta perspectiva contemplemos ahora la narrativa de la resurrección según Lucas 24, 1-12. Cuando Jesús murió ante el rechazo, la tortura y la crucifixión de parte de las fuerzas del caos y de la destrucción que habitan en el corazón de la humanidad, nos encontramos nuevamente con el silencio de Dios. Nos preguntamos lo siguiente: ¿qué pasó luego de ese silencio? Comienza la narrativa de Lucas mencionando el “primer día después del sábado”. El sábado es el día último de la creación y es el día en que Dios descansó y guardó silencio. El escritor del Evangelio va preparando al lector de la palabra a unir el tema de la creación y del silencio de Dios. La narrativa luego nos dice que “muy de mañana llegaron al sepulcro unas mujeres”. El texto es rico en la siguiente simbología: apunta a que el amanecer es el momento en que los primeros destellos de luz libran la batalla para vencer a las fuerzas de las tinieblas en medio del silencio. Así nos indica que el silencio de Dios no es pasivo ni es una indiferencia ante la muerte de su Hijo. Es una batalla silenciosa de Dios contra la muerte y la destrucción.

Ante esas primeras luces las mujeres que van al sepulcro descubren algo desconcertante: la piedra que separa al cadáver de la vida ha sido removida, así como las aguas del Génesis y las del Éxodo fueron separadas para que hubiera vida. Allí las mujeres se encuentran con dos varones de vestidos brillantes. Estos son mensajeros, portadores de la palabra de Dios, y la luz de sus vestidos representa la gloria brillante de la vida de Dios que se opone a las tinieblas de la muerte. Las palabras que rompen el silencio son: “¿Por qué buscan entre los muertos al viviente? No está aquí, le han resucitado. Estas palabras hacen que las mujeres experimenten una transformación que nosotros también debemos experimentar: es una profunda llamada a salir de la atracción a la muerte, de la esclavitud del miedo y de la tristeza marcada por nuestras pérdidas y heridas. Así, estas palabras que rompen el silencio de Dios realizan una experiencia transformadora, vivificadora y liberadora. Debemos decir que la palabra pasa a ser una experiencia de resurrección personal. Los mensajeros indican que a Jesús lo han resucitado. En palabras de San Pablo (Rom 8, 11) es el Espíritu Santo quien resucitó a Jesús de entre los muertos.

Siguiendo el relato de Lucas podemos afirmar que el silencio de Dios volvió a ser un tiempo previo a la palabra y al Espíritu Santo. Fue la palabra del Padre Misericordioso que actuó por el Espíritu Santo lo que trajo la Nueva Creación: la Resurrección del Hijo, la conquista definitiva contra las fuerzas de la muerte, de la esclavitud y de la destrucción. Pero esa resurrección es también para nosotros una llamada a salir de nuestras tumbas, de nuestros miedos, de nuestras muertes, de nuestras faltas de esperanza y sentido.

El Padre de Jesús es un Padre extraordinaria e infinitamente rico en amor misericordioso. Su silencio, corto o prolongado, no es un silencio pasivo, no es una indiferencia por las víctimas. Cuando Dios guarda silencio es porque está elaborando una liberación, una nueva creación que nosotros aún no vemos. Es porque más que nunca está unido a nosotros y a nuestro dolor. Y en el silencio ya nos va creado lenta pero realmente. Lo que pasa es que como esas mujeres aún nosotros seguimos marcados por la muerte, la esclavitud, el miedo y el sentimiento de derrota que nos esclaviza.

Es tal el empuje de la Nueva Creación en la Resurrección, es tal el sueño de Dios que las cosas cambien que las mujeres se convierten en testigos del Resucitado ante una cultura que no valoraba el testimonio de las mujeres. Dios impulsa en lo nuevo una lucha contra lo viejo, lo caduco y lo destructivo de los prejuicios humanos. Prejuicios que se resisten a creer el testimonio de unas mujeres. Prejuicios que se resisten a creerle a las víctimas de las fuerzas de las tinieblas cuando estas testimonian la acción resucitadora de Dios en sus vidas. Prejuicios que se resisten a soñar que otro mundo es posible. Así el Cristianismo se convierte en contra-cultura cuando anuncia el sueño de Dios con una humanidad fraterna, justa y solidaria. Esta Buena Noticia de Vida, Amor Misericordioso y Libertad Evangélica testimoniada por los pequeños es tan contracultural que aún en el Siglo II, Celso, un filósofo anticristiano buscaría desacreditar al cristianismo por creer el testimonio de unas mujeres.

¿Y nosotros, le creemos a estas mujeres o damos por locura su mensaje? San Pablo nos dirá en Romanos capítulo 6 que la vida del bautizado es participar de la muerte y resurrección de Cristo. La vida del bautizado es ser testigo de la vida, del amor misericordioso y de la libertad del Resucitado. Vivir como bautizados es vivir con esperanza activa y agradecida los momentos de silencio de Dios. Ser bautizado es creer y testimoniar que su silencio es una preparación de una resurrección por medio de su Palabra y de su Espíritu Santo. Acción de Vida, Amor Misericordioso y Libertad que ya desborda cualquier cosa que podamos imaginar. Pero, sigue aún la pregunta: ¿seremos capaces de despojarnos de lo viejo y lo caduco?, ¿seremos capaces de participar de la Nueva Creación para así creer el anuncio de las mujeres? ¡Qué así sea!

(P. Luis Jiménez, S.J.)

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