El santo escapulario carmelita: signo de consagración y devoción mariana

Flor del Carmelo,
Viña florida,
Esplendor de cielo,
Virgen fecunda y singular.
¡Oh, Madre tierna!
Intacta de hombre,
a los carmelitas,
proteja tu nombre!
Estrella del Mar.
Narran documentos antiguos que datan del siglo XIV aproximadamente, que con esta oración San
Simón Stock imploraba el auxilio de la Santísima Virgen en favor de los Carmelitas en tiempos de
mucha dificultad para la Orden.
Era el año 1251, y la Virgen María se apareció al santo, en ese momento superior general de los
Carmelitas, acompañada de ángeles y llevando en sus manos el escapulario de la Orden. Una dulce
promesa de salvación se escapó de sus labios: “Tú y todos los Carmelitas tendrán el privilegio, que
quien muera con él no padecerá el fuego eterno”.
Quienes, a lo largo de miles de años, sea como religiosos, terciarios, cofrades o devotos de la
Madre de Dios, han llevado con fe el santo escapulario en el cuello, lo han hecho confiados en
estas palabras de la Virgen y en el llamado privilegio sabatino que dicta, de forma resumida, que
Ella sacará del purgatorio cuanto antes, a quienes hayan fallecido con el escapulario, especialmente
el sábado siguiente al día de su muerte.
El escapulario es una prenda que se lleva sobre los hombros colgando por delante y por detrás.
Para los monjes y monjas, cuyo hábito incluye un escapulario, es una tira de tela en la que se suele
llevar el escudo propio de la comunidad religiosa a la que pertenecen. Históricamente, su uso se
relaciona con el yugo de Cristo al cual se hace referencia en las Sagradas Escrituras, y a la
vestimenta de los sirvientes que usaban una especie de delantal parecido al estilo del escapulario.
Con el paso de los años, el escapulario se fue transformando hasta llegar a ser un pequeño
sacramental con que los miembros afiliados a una orden expresan su adhesión a la misma y su
devoción.
De modo que existen varios escapularios aprobados por la Iglesia, y por llevarlos piadosamente se
puede ganar indulgencias. Se usa, asimismo, la medalla-escapulario que a un lado debe tener el
Sagrado Corazón de Jesús, y por otra, una imagen de la Virgen.
Ciertamente, uno de los más conocidos y usados es el escapulario de la Virgen del Carmen, cuya
fiesta se celebra cada 16 de julio, una advocación muy querida por el pueblo puertorriqueño.
Este distintivo externo, va acompañado de la consagración a la Virgen y la fe en su protección
maternal. Quienes lo llevan, además, reconocen las virtudes que adornan a Santa María, dan
testimonio de su misión en la Iglesia dada a los pies de la cruz por el mismo Hijo de Dios, la
invocan constantemente en todas sus necesidades, y procuran imitarla con amor filial.
Los santos carmelitas testimonian la fidelidad de María en sus vidas y le tienen como buena Madre
que le sale al paso, rescatándoles en situaciones de adversidad, tal como lo hizo con San Simón
Stock en el relato que narramos al inicio.
Sólo por mencionar algunos, Santa Teresa de Lisieux, por un lado, narra en su autobiografía,
Historia de un alma, siendo ya religiosa de clausura, un recuerdo imborrable de su niñez. Teresita
estaba en cama sufriendo una profunda tristeza psicológica y espiritual por la ausencia de su
difunta madre y la partida de su hermana Paulina. Volviéndose hacia la imagen de la Virgen que
estaba junto a su cama, cuenta que: “De repente la Santísima Virgen me pareció bella, tan bella
que nunca había visto cosa tan hermosa, su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables,
pero lo que llegó hasta el fondo de mi alma fue la arrebatadora sonrisa de la Santísima Virgen. En
aquel momento todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se
deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría…¡La Santísima
Virgen, pensé, me ha sonreído!”. Aquel momento fue sanador para la santa.
San Juan de la Cruz, por otra parte, durante la reforma de la Orden, fue apresado en Toledo, España.
Una noche la Virgen María se le apareció y le pidió que tuviera paciencia porque aquella prueba
tendría fin. Días después, se volvió a presentar y le reveló señalándole una ventana: “Por ahí saldrás
y yo te ayudaré”. Tras nueve meses de prisión, fray Juan logró escapar por la misma ventana.
La obra de la Virgen en la vida de sus hijos, pocas veces se presenta de estas formas, pero su
actuación nunca deja de ser concreta y certera para quienes creen en Ella. Los verdaderos devotos,
no le aman por conseguir un milagro, le aman por quien es Ella y saben que cuentan con su
intercesión y protección a cada instante. Por eso, al rezar la consagración, siguen pidiendo con fe:
“El santo escapulario atraiga sobre mí tus miradas misericordiosas, sea para mí prenda de tu
particular protección en luchas de cada día y constantemente me recuerdes el deber de pensar en
Ti y revestirme de tus virtudes

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