Cuántas veces escuché: ¿qué tiene que ver el Sagrado Corazón de Jesús con la Divina Misericordia? Encontré la respuesta recordando los campos de Cabo Rojo, cuando los árboles de mangó se colman de flores. Me llena de esperanza pensar que de esas flores brotarán deliciosos mangós. Las ramas de los árboles cubren el camino. Recordé que mi abuela sabía preparar deliciosos postres con ellos: rebanadas de mangó fresco, dulce en pasta, mangó en almíbar, entre otros.
Por otro lado, nos dice el Evangelista que cuando el costado de Cristo fue atravesado por una lanza, brotaron sangre y agua. (cf Jn 19, 34) Aunque estos fluidos nos dan una idea de la causa fisiológica de su muerte, también nos invitan a participar en los Sacramentos de la Iglesia. La Sangre es la Eucaristía. El agua nos habla sobre el bautismo y el perdón de los pecados.
Pensemos en la herida abierta en el costado. Es el espacio que debemos recorrer para entrar en comunión con el Sagrado Corazón y con la Iglesia, participando de los sacramentos. Caminemos por ese espacio, donde Jesús es el camino (cf Jn 14, 6) para llegar al Padre.
Cristo mostró su Sagrado Corazón a santa Margarita María de Alacoque. Siglos después, revela a santa Faustina Kowalska su pecho del cual brotaban dos rayos: uno rojo y otro blanco. Los colores de los rayos nos hablan de la Sangre y del Agua. Diría que primero se preparó el mundo para ver el Sagrado Corazón como el que mira una flor y luego ver la Divina Misericordia como el que paladea el fruto.
El Sagrado Corazón de Jesús nos pidió reparación y amor. En la segunda instancia nos pide misericordia: un corazón (de la ráiz latina cordis) que se compadece de la miseria de los demás. Todo esto cumple con “Misericordia quiero y no sacrificios”. (cf Mt 9, 13) Recordamos que Jesús nos enseñó a amar al prójimo. (cf Mc 12, 29-31)
En esta Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús te invito a emprender un camino lleno de compasión por el mundo. Abramos nuestro corazón como lo dejó abrir Cristo, y sintamos el dolor de los demás. Asumamos la misión de hacer el bien. (cf Papa Francisco, Dislexit nos, inciso 112)
Y, ¿cómo podemos recibir las promesas del Sagrado Corazón de Jesús y cómo podemos saborear sus Misericordias? Cuando decimos: “Sagrado Corazón de Jesús”, respondemos: “En vos confío.” También, al pie de la imagen de la Divina Misericordia podemos leer: “Jesús en Ti Confío”.
Para los hebreos la sangre es parte del cuerpo. De hecho, en los hospitales hebreos no se retiran los catéteres de los sueros de los pacientes que mueren para que no se pierda la sangre. Pues les cuento que, en los Museos del Palacio Imperial de Viena en Austria, hay un envase de piedra donde, según la tradición, se recogieron la sangre y el agua del costado de Cristo. Esto es compatible con que los hebreos no dejarían perder ese fluido. Siempre que voy a Viena, paso a venerar aquel envase de piedra.
Nosotros, los boricuas, para recoger los mangós de los árboles usamos una canasta o un saco. Igual que los ellos, el recipiente para recoger las promesas del Sagrado Corazón de Jesús y los frutos de la Divina Misericordia está tejido con las ramas e hilos de nuestra confianza. Debemos confiar en sus promesas y en su Divina Misericordia.
Reflexionemos sobre la devoción al Corazón de Cristo en el presente. Que nuestro corazón se acerque lo más posible a Él, haciéndonos disponibles para una misión llena de compasión. Amemos al prójimo. Abramos nuestros corazones como lo dejó abrir Cristo, para sentir el dolor de los demás y hagamos el bien. (Papa Francisco, Dislexit nos, inciso 112) Escojamos una obra de caridad (porque caritas es amor) y pongámosla en práctica. Seamos misericordiosos. De esa manera amaremos al prójimo y a Aquel que tanto nos amó.
Recojamos los frutos y compartamos esta vendimia del amor al Sagrado Corazón y a la Divina Misericordia llenos de confianza.



