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En la 1ra lectura, Amós les advierte a los ricos que recibirán el castigo por poner su confianza en las riquezas y por despreocuparse del necesitado.

La 2da lectura es una serie de consejos que San Pablo le da a Timoteo para que sea un buen obispo, que se resumen en que imite a Cristo.

El Santo Evangelio de San Lucas es la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

En muchas instancias, ya es en las Bienaventuranzas o en el Padrenuestro, Jesucristo insiste en que coloquemos nuestra confianza, no en las cosas mundanas o materiales, sino en Dios. Al mismo tiempo, Cristo insiste en que compartamos nuestros bienes con los necesitados. Este es el principio de la caridad cristiana, de la fraternidad universal, en la que todos somos hermanos y no podemos soportar que un hermano sufra carencias.

Este tema es uno de los temas que más se repite en la literatura profética. Profetas como Amós recuerdan que tenemos que compartir nuestros bienes con los demás sino tendremos que vérnosla con Dios. La figura de la viuda y el huérfano, sinónimos de los más necesitados en la sociedad, son figuras recurrentes en la literatura profética. Otra figura constante es la del forastero y el inmigrante, como símbolo del que esta necesitado. Es precisamente esta figura la que el Hijo de Dios, Jesús, asumió junto con sus padres José y María, para indicarnos en grado de pobreza a la que descendió.

Pero el profeta también acusa a los ricos por depender de sus bienes y no de Dios, crítica que Jesucristo también hará. Esto me trae en mente a los católicos que no vienen a misa por estar trabajando, por estar “despejándose”, por estar haciendo otras cosas y no buscan de Dios. Dicen que no necesitan ir a misa, que con una oracioncita por las noches les basta. Jesucristo insiste en que tenemos que buscarlo, colocar nuestra confianza y total dependencia en Dios porque es el único que nos puede dar todo lo que necesitamos, y la vida eterna.

Esta es una enseñanza que al Papa, los obispos y sacerdotes no se nos puede olvidar: la total dependencia en Dios y no en los bienes pasajeros. Timoteo y Tito son dos discípulos de San Pablo que terminaron siendo obispos en Éfeso y Creta respectivamente. A ellos San Pablo les escribe sendas cartas una vez que fueron consagrados como pastores por San Pablo en sus respectivas comunidades.  Estas cartas son lecturas favoritas en las misas de consagración de obispos.  Específicamente en la de hoy, San Pablo le dice a San Timoteo que, como obispo, tiene no sólo que predicar sino también imitar a Jesucristo, su manera de vivir.  Solamente en esa forma podrá convencer y convertir a la gente a Cristo. Que nosotros los pastores tomemos nota.

P. Rafael Méndez Hernández, Ph.D.

Para El Visitante

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